Georg Friedrich Kersting: habitaciones con vistas

9/26/2012 Beldz 3 Comments


Georg Friedrich Kersting (1785-1847) fue un pintor del romanticismo alemán. Tras estudiar en la Academia de Copenhague, se estableció en 1808 en Dresde, donde se especializó en pequeños retratos situados en interiores representados con delicadeza. Precisamente quiero mostraros algunos de esos interiores; en concreto, aquellos que tienen como foco central una ventana abierta. En el siglo XIX, y especialmente entre los pintores alemanes y escandinavos, tuvo mucha importancia la representación de la ventana abierta al mundo, a lo desconocido. Este tipo de pinturas fue el tema principal de una exposición que tuvo lugar en el Metropolitan de Nueva York el año pasado: Rooms with a view. The Open Window in the 19th Century trató la importancia en el Romanticismo de la ventana como metáfora del anhelo insatisfecho. Habitaciones silenciosas y figuras contemplativas, pintores en su estudio... y siempre el motivo de la ventana centrando la atención del espectador. Estas ventanas mostraban vistas alpinas, del mar, del cielo, de la luna, de las nubes... o de los tejados, de los campanarios o de los astilleros de las ciudades.



De entre todas las pinturas que aparecen en el catálogo de la exposición -que acabé comprando por ser un tema de mi interés-, he escogido algunas de George Friedrich Kersting, y he traducido lo que Sabine Rewald, la autora del catálogo, nos cuenta de ellas. Podréis observar que el estilo de Kersting es muy parecido al de Caspar David Friedrich. Sus pinturas están muy influenciadas por él porque fue amigo suyo. Compartían la misma inquietud romántica. En las habitaciones de Kersting, además de la ventana como motivo principal, predominaba el sujeto, la intimidad, la luz filtrada en armonía, la elegancia, la calma y el amor por el arte y las letras. En estos pequeños interiores puede contemplarse la majestuosidad de su técnica. George Friedrich Kersting fue, en definitiva, un gran pintor.


Mujer cosiendo (1811)
Klassik Stiftung Weimar: Goethe National Museum

En este precioso cuadro aparece sentada Louise Seidler (1786-1866), una pintora alemana, muy amiga de Kersting, en cuya producción pictórica abundan los retratos, especialmente de niños. Aquí, Seidler, con veinticinco años, se encuentra absorta en su labor. Sentada frente a una ventana medio abierta, su bonito rostro se refleja en el espejo. En la pared cuelga el retrato de un hombre -seguramente su prometido-, rodeado de flores blancas. La cálida luz de una mañana de verano se filtra en la austera habitación, con un suelo de madera y unas paredes en un inusual tono verde pálido. Como en todas las habitaciones pintadas por Kersting, el mobiliario está en sintonía con el personaje representado. El canapé, el espejo, la silla y la cómoda son de un estilo Imperio sobrio y elegante. Las flores en la repisa de la ventana contrastan con el cielo azul veraniego. Hay una hortensia, un mirto, un rosal y una granada. El cuadro fue exhibido en Weimar en 1811, y elogiado por su atmósfera de quietud, su tonalidad transparente y su técnica magistral. Más tarde, diversos críticos se preguntaron el por qué Kersting no pintó a Seidler como una artista, tal y como hizo con sus amigos pintores masculinos. En las pinturas de Kersting se muestra a los hombres leyendo, pintando o escribiendo, mientras que las mujeres aparecen siempre haciendo las labores o vistiéndose ante un espejo. Kersting, simplemente, reflejaba la vida burguesa de principios del siglo XIX en Alemania. Si hubiera representado a Seidler pintando en su estudio, hubiera roto las convenciones sociales de aquel momento. 

Louise Seidler se movió en el círculo de poetas y escritores románticos. Fue amiga íntima de Ludwig Tieck, de los hermanos Schlegel -August Wilhelm y Friedrich- y de Goethe, en la casa del cual, en Weimar, estuvo frecuentemente. En 1810, se trasladó a Dresde con la intención de dibujar las obras de la Gemäldegalerie. En esta ciudad conoció a Georg Friedrich Kersting y a Caspar David Friedrich. También entabló amistad con el pintor Gerhard von Kügelgen, y se convirtió en su alumna. En la primavera de 1811, mientras Kügelgen visitaba una de sus casas, en Löschwitz, le permitió usar una habitación de su estudio para que pudiera pintar. Fue en una de esas habitaciones del apartamento de Kügelgen en Dresde donde Seidler posó para su amigo Kersting. 


Delante del espejo (1827)
Kunsthalle zu Kiel

En Dresde, Kersting vivió entre artistas y escritores. Sus pinturas, en aquella época, reflejaban sus profesiones y actividades en sus estudios. Cuando en 1818 se trasladó a Meissen para dirigir la sección de pintura de una fábrica de porcelana, todo cambió. Sus pinturas de interiores se centraron en su esposa, Agnes, y en sus hijos. Aquí, Agnes aparece frente al espejo peinándose su largo cabello marrón. A pesar de que se representa a una mujer siendo observada en su supuesta toilette, no sentimos ninguna sensación de erotismo o sensualidad -a diferencia de algunas pinturas francesas del siglo XVIII-. Agnes lleva un vestido largo de color blanco y la habitación, en realidad, no es ningún tocador. Los muebles estilo Imperio sugieren que la mujer está usando, momentáneamente para vestirse, la sala de estar familiar. Las figuras solitarias en las habitaciones pintadas por Kersting se encuentran normalmente leyendo, escribiendo, o trabajando frente a la ventana, pero casi nunca miran el paisaje fuera de ella. En esta pintura, la ventana se abre a un paisaje lejano que constituye el punto focal de la habitación. La luz incide en las paredes verdes y nos brinda unos tonos y unos matices espléndidos.


Hombre en su escritorio (1811)
Klassik Stiftung Weimar: Goethe National Museum

En esta pintura aparece un hombre sentado, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Diversos cajones del escritorio están abiertos. Seguramente está respondiendo a la carta que se encuentra abierta -el sello rojo está roto- encima de diversos elementos de escritura, como la tinta, la pluma o un manuscrito encuadernado. Su sombrero negro y su abrigo azul oscuro cuelgan cerca de la puerta. La importancia de este pequeño cuadro, no obstante, vuelve a ser la luz que entra por la ventana, decorada con unas cortinas blancas de muselina. Puede observarse otra cortina a la izquierda que indica la presencia de otra ventana, en este caso cerrada, como era habitual en los estudios de los artistas de esa época -observad, por ejemplo, Caspar David Friedrich en su estudio (1811), pintada también por Kersting-. El pintor representa con maestría la incidencia de la luz en las paredes, el techo, el suelo y los muebles, y presta especial atención, incluso, a las pequeñas sombras que proyectan los cajones del escritorio. Durante su estancia en la Royal Danish Academy of Fine Arts de Copenhagen, desde 1805 a 1808, Kersting estudió con más profundidad los efectos de la luz, un interés que compartió con sus compañeros daneses Christoffer Wilhelm Eckersberg, Wilhelm Bendz y Martinus Rørbye. Durante mucho tiempo se pensó que la pintura era un autorretrato. No obstante, lo descartan el elegante traje y los muebles que aparecen. Tan sólo un hombre adinerado -Kersting no lo era- podía permitirse un escritorio de estilo Queen Anne -un estilo de muebles de diseño desarrollado en tiempos de la reina Ana (1702-1714)- y una silla estilo Luis XV.

Incapaz de vivir de sus pinturas, Kersting tuvo que dar también clases de dibujo. El pie de yeso que cuelga de la pared y diversos objetos que se amontonan encima del escritorio muestran su profesión: la de pintar o la de enseñar a pintar. Hay algunas botellas que contienen pigmentos, una figura modelada y una mano. Un palo largo de madera, del mismo tipo que usan los pintores para sostener sus manos, se apoya en una esquina de la ventana, al lado de una pipa. Se ha propuesto recientemente que el hombre sentado puede ser Joseph Grassi (1757-1838), un pintor y profesor de dibujo de la Dresden Kunstakademie.


Pareja frente a la ventana (1817)
Museum Georg Schäfer, Schweinfurt

Desde 1815 a 1818, Kersting vivió con la familia real en Varsovia. Tras la muerte de su esposo, el príncipe Aleksander Sapieha, en 1812, la princesa Anna-Hedwige Sapieha-Zamoyska le preguntó a Kersting si quería dar clases de dibujo a su hija de dieciseis años, Anna Zofia, y a su hijo de doce, Leon. Para Kersting, el ambiente -aristocrático y cosmopolita- le parecía un tanto exótico. Este gran cambio se refleja en esta pintura: es mucho más elegante que aquellas que había pintado en Dresde. Las figuras que aparecen son desconocidas -aunque la mujer representada podría ser Anna Zofia-. Ambos van vestidos a la última moda francesa para salir al aire libre. El hombre, cuyo sombrero se sostiene precariamente en la repisa de la ventana, parece un invitado frecuente de la casa. Su perfil es idealizado y bello. La mujer joven que lo acompaña lleva un vestido de paseo estilo Imperio de cintura alta. El ala ancha de su sombrero de paja oculta su perfil. Ambos permanecen en la ventana como si esperaran la llegada del carruaje. A través de ella se puede ver una montaña. En realidad, se trata de la Resengebirge, una montaña situada entre Silesia y Bohemia, al sureste de Dresde y a centenares de kilómetros de Varsovia. Además, Kersting pintó en su cima el castillo de Kynast, una fortaleza situada al suroeste de Polonia que visitó en julio de 1816, y que pintó en su cuaderno de notas.

La posición vertical de la pintura impedía representar el resto de la habitación. Kersting, muy hábilmente, colocó un espejo en la parte derecha del cuadro para reflejar un sofá-cama, cubierto por una tapicería roja de estilo Imperio, y una arpa dorada. Estos elementos añaden riqueza al cuarto de paredes verdes y grises. El gusto de la familia por el diseño francés también puede apreciarse en el tintero de bronce dorado que hay encima de la mesa, con una figura negra y exótica sosteniendo las plumas. Este elemento señala que la joven mujer tiene un gusto musical, pero también se decanta por la escritura. 




















El lector elegante (1812)
Fausto en su estudio (1829)

Quéribus y Peyrepertuse, bastiones cátaros

9/15/2012 Beldz 7 Comments



«Yo también me siento triste. En verdad, esta antigua fortaleza es un paraje sumamente melancólico, repleto de fantasmas del pasado. Huele a tragedia, a congoja y a crueldad»  
(Henry James: Gabrielle de Bergerac)


Muchos sabréis que me encanta el sur de Francia. Siempre que tengo una oportunidad planeo una pequeña excursión de ida y vuelta a este maravilloso lugar, lleno de historia y arte medieval. En esta ocasión, hicimos una escapada al departamento del Aude, en la región del Languedoc-Rousillon, para visitar dos impresionantes castillos cátaros: Quéribus y Peyrepertuse. Estos dos castillos, junto con los de Aguilar, Puilaurens y Termes, forman los llamados Cinco hijos de Carcassonne, un sistema estratégico y de defensa del territorio cuyo centro era la gran ciudadela de Carcasona.

Tras un viaje de aproximadamente dos horas en coche, llegamos a Cucugnan, nuestra primera parada. Desde Perpignan hasta aquí, se debe recorrer un camino de pueblecitos y viñedos, muy típico de la región: Espira-de-l'Agly, Estagel y Maury. Todo está muy bien indicado, así que no encontramos ningún problema para llegar hasta el Château de Quéribus. Aparcamos el coche en un lugar habilitado antes de emprender la subida a la cima. Comparada con el de Peyrepertuse, esta subida no es demasiado difícil. Si no se está habituado a caminar, y menos por caminos de montaña, puede resultar fatigosa. No obstante, con parar de vez en cuando es suficiente. Se aconseja llevar calzado cómodo e ir con cuidado. Los días de invierno, o con mucho viento, puede llegar incluso a ser peligroso. 


Quéribus visto desde la zona de aparcamiento, listos para subir

El castillo de Quéribus se menciona por primera vez en el año 1020, en el testamento de Bernard Taillefer, conde de Besalú. Forma parte del condado de Besalú, y más tarde, en 1111, del de Barcelona. En 1162, cuando el conde de Barcelona es coronado rey de Aragón, el castillo pasa a ser propiedad de la casa de Aragón como fortaleza real. En tiempos de la cruzada albigense, Quéribus acogió religiosos cátaros: Benoît de Termes, diácono de la región del Razès, se refugió en el castillo, donde murió en 1241. Quéribus fue el último bastión de la resistencia cátara en caer a manos de los cruzados franceses en 1255. Con la conquista francesa, Quéribus estuvo bajo dominio del rey San Luís. El castillo resultó ser una de las piezas clave del dispositivo militar francés, del cual Carcassona era el centro militar. A finales del siglo XIII y durante el siglo XIV, fue reconstruido totalmente por los reyes de Francia, perdiendo su interés estratégico en 1659, cuando se firma el Tratado de los Pirineos y el Rosellón queda anexionado a Francia. Quéribus es testimonio de los acontecimientos trágicos que marcaron la historia de la región. En el año 1907 fue declarado Monumento Histórico. 

La subida, aunque cansa, y más en verano, no tiene desperdicio. Se puede contemplar un paisaje precioso que da cuenta del lugar estratégico en que se construyó el castillo. Desde arriba dominaba toda la región de las Corbières, Fenouillèdes y la Plana del RosellónQuéribus está construido sobre un pico rocoso de 728 metros de altitud.


Subiendo a la cima. En el fondo se puede ver, imponente, el castillo de Peyrepertuse





La zona de aparcamiento. Al lado se aprecia la caseta donde se tiene que comprar la entrada para subir. También hay tienda de recuerdos




Si lo comparamos, otra vez, con el castillo de Peyrepertuse, Quéribus está mejor conservado. Aún pueden verse algunos elementos de la vida cotidiana, como cisternas, chimeneas, hornos, despensas... y diversas salas de uso indispensable, como la residencia del señor. De hecho, el punto culminante de la visita es la torre del homenaje. En su interior, se alza una sala de estilo gótico de dos plantas, iluminada por una preciosa ventana gótica. El techo, ornamentado con arcadas ojivales, se sustenta sobre una gruesa columna central. Ver esta sala es maravilloso.




La torre del homenaje


El pueblo de Cucugnan y, de nuevo, Peyrepertuse al fondo








Cucugnan 
Este pintoresco pueblo vive de la viña y del turismo. Se aprecia el molino de viento (Le moulin d'Omer), restaurado en 2003


Antes de emprender la subida al castillo de Peyrepertuse, hicimos una parada para comer cerca de Cucugnan. Teníamos que reponer fuerzas. Y suerte que lo hicimos, porque subir a Peyrepertuse es muchísimo más cansado que subir a Quéribus; aunque también mucho más bonito. Se tarda unos 20 minutos en subir. De nuevo, tuvimos que dejar el coche en un lugar habilitado para ello, y pagar la correspondiente entrada (muy cara por ser temporada alta). La distancia de Quéribus a Peyrepertuse es de tan sólo 10 minutos. Si antes os decía que tuvierais cuidado en subir a Quéribus si hacía mucho viento, o helaba en invierno, aún debéis tenerlo más aquí, porque el camino es pedregoso y resbaladizo. Pero vale mucho la pena.

La zona fue ocupada en época romana desde el siglo I a.C. La primera mención data del año 1070, época en que Peyrepertuse pertenecía al condado de Besalú; y, más tarde, al vizcondado de Narbona. En 1240, como resultado de la cruzada albigense, pasó a ser propiedad del rey de Francia. Peyrepertuse se convierte en una de las fortalezas más avanzadas de la frontera con el reino de Aragón. En 1659, debido al Tratado de los Pirineos, pierde su interés estratégico. Finalmente, es abandonado en los primeros años de la Revolución.


 Subiendo al castillo de Peyrepertuse





El castillo de Peyrepertuse se alza sobre una cresta calcárea de 800 metros de altitud, y es uno de los castillos cátaros más grandes. Tiene tres partes diferenciadas: la muralla baja, el centro, y el torreón de Sant Jorge. La muralla baja es de forma triangular, y es lo primero en visitar cuando coronas la cima. Aquí se encuentra la iglesia de Santa María -de estilo románico- y diversas zonas de residencia, aunque están bastante mal conservadas y derruidas. Esta muralla está flanqueada por dos torres semicirculares que pueden verse desde el camino de ronda, es decir, desde el camino de subida. 





 Entrada al castillo


Muralla y torre semicircular


En el centro se alzan unas ruinas pertenecientes a un edificio de construcción poligonal. Precisamente en este espacio, y durante todo el mes de agosto, tenía lugar un espectáculo de cetrería. Cuando nosotros llegamos, el espectáculo acababa de empezar. Y como la cetrería es una atracción que ya hemos visto muchas veces en los mercados medievales, aprovechamos para recorrer más tranquilamente el castillo. Prácticamente todos los demás visitantes se reunían en aquella zona para ver los halcones. Sin embargo, tan sólo vimos la mitad del castillo. Fuimos incapaces de ver la tercera zona, donde se alza el torreón de San Jorge -donde hay una iglesia, una capilla, un ábside y una zona residencial-. Para llegar allí se tenía que subir una gran pendiente y unos escalones muy resbaladizos. Estábamos muy cansados, y aún nos faltaba volver a bajar.





Vivienda del gobernador. Tras el Tratado de los Pirineos (1659), el castillo fue dirigido por un gobernador hasta ser abandonado en tiempos de la Revolución francesa


Al fondo puede verse el castillo de Quéribus


Espectáculo de cetrería con el torreón de San Jorge al fondo. Esa fue la parte que nos quedó pendiente de visitar. Si ampliáis la imagen podréis ver los estrechos escalones por los que se tiene que subir


Emprendiendo la bajada


El castillo de Peyrepertuse visto desde la zona de aparcamiento


Tan sólo me queda añadir que disfruté muchísimo viendo estos dos castillos cátaros. Fue una excursión muy bonita, y os la recomiendo si alguna vez tenéis la oportunidad de acercaros por esa región. Es un lugar mágico y lleno de historia. Además, siempre te acabas llevando a casa algún recuerdo de tipo medieval. Nosotros nos compramos un lápiz adornado con la flor de lis y un caballero de goma; un llavero de un caballero hospitalario; y otro llavero con la cruz y el lema de los templarios: Sigillum Militum Xpisti (El sello de los soldados de Cristo).