William Beckford, Fonthill Abbey y su novela «Vathek»

11/02/2014 Beldz 3 Comments


Vathek resonaba en mi mente desde hacía mucho tiempo. Este libro escrito por William Beckford en 1784 está considerado como una de las primeras novelas góticas, junto a El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y El monje, de Mathew G. Lewis (ambas son lecturas fascinantes). Como a mí me encantan los clásicos y, sobre todo, las novelas enmarcadas entre finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX, Vathek se me presentaba como de lectura imprescindible. Pero lo peculiar de esta novela es que era de estilo oriental, lo que la hacía aún más fascinante. Y no sólo eso... ¡es que su protagonista vendía el alma al diablo! ¿Cómo no sentir atracción por esta novela? Un autor excéntrico que escribe un cuento oriental enmarcado dentro del romanticismo negro. Incluso fue alabada por Jorge Luis Borges. En esta novela corta, su protagonista, Vathek, el noveno califa de la dinastía de los abbasidas, es seducido por el lado oscuro. Giaour, el representante del diablo (Eblis) en la tierra, le conducirá hacia la nigromancia y las artes mágicas para que alcance el palacio de fuego, el infierno, donde le esperan unas riquezas inmensas. Por el camino le esperarán pruebas malditas envueltas de fantasía. Así es Vathek: orgulloso, altivo, amante de los placeres mundanos. No le costará, también con ayuda de su madre Carathis, sucumbir al mal. En su periplo hacia el lugar marcado por los astros, por Giaour y por las fuerzas demoníacas, se encontrará con emires y sus harenes repletos de mujeres voluptuosas, con tormentas sobrenaturales y lugares paradisíacos.

Portada de Vathek en La Biblioteca de Babel: colección de lecturas fantásticas dirigidas por Jorge Luis Borges. Publicado por Ediciones Siruela en 1984
Pero no sólo el argumento de Vathek es interesante. La vida de su autor, William Beckford, también es digna de estudio. En la contraportada de mi edición, nos cuentan que fue uno de los personajes más curiosos del mundo cultural de su época. Sabía latín, griego, italiano, español y portugués, conoció a Voltaire y fue alumno de Mozart. Enamorado de Venecia, su otra gran pasión fue Portugal, donde pasó largas temporadas. Su vida estuvo envuelta de escándalo: se creía un personaje de Las mil y una noches y acostumbraba a viajar con un cortejo parecido al de los emires. En algunas de sus biografías lo describen como viajero, bibliófilo, pervertido y pederasta. Su fortuna la heredó de sus padres, que se habían enriquecido en Jamaica. Con este dinero, consiguió desatar sus fantasías construyendo el castillo más impresionante de su época: Fonthill Abbey. En un libro que tengo en casa, Grandes jardines de Europa, publicado por h.f.ullmann, hay un pequeño artículo sobre William Beckford y Fonthill Abbey que os transcribo a continuación. Hace un buen resumen de la personalidad de Beckford y de cómo era el castillo, por desgracia derruido. Espero que si algún día leéis Vathek, os guste tanto como a mí. Y a los que lo habéis leído, ¿qué os pareció? Seguro que también habréis sentido fascinación por su autor y por el legado que nos dejó.


En la década de 1790, Beckford encargó al arquitecto James Wyatt la construcción de la abadía neogótica de Fonthill, en el condado de Wiltshire, cerca de Salisbury. Se trata de una curiosa combinación de torre medieval, nave típica del gótico pleno, secciones similares a las de un castillo y torres coronadas por almenas: un teatro arquitectónico. ¿Y quién era lord Beckford? Heredó su incalculable fortuna de su familia, que se había enriquecido gracias al comercio de esclavos y a las plantaciones de caña de azúcar de Jamaica. A la edad de cinco años recibió clases de música de Wolfgang Amadeus Mozart y el acuarelista Alexander Cozens le inició en el arte del dibujo. Cuando el joven Beckford celebró su mayoría de edad durante las Navidades de 1781, las salas del castillo rural de su padre, Fonthill Splendens, se llenaron de ilusión: imágenes transparentes y en movimiento iluminadas por luces de colores y acompañadas por el canto de los castrati más famosos de Europa. En aquellos años, Beckford trabajaba en su novela titulada Vathek, un oscuro libro del romanticismo negro que reproduce la temática de Fausto en Oriente y que lord Byron describió como su Biblia. Ese prometedor preludio de una carrera literaria y política quedó súbitamente interrumpido al trascender sus tendencias homosexuales. Una campaña de difamación le obligó a huir del país hacia Portugal. Pero pronto cambió este exilio autoimpuesto por la extraterritorialidad de Fonthill Abbey. Beckford calificó los planes de construcción de diabólicos.


La torre central iba a alzarse hasta los 84 metros de altura y la nave central sería tan larga como la de Westminster. Según palabras del lord, nunca se habían utilizado tantos ladrillos, salvo en Babilonia. Allí podría entregarse a su soledad y melancolía, rodeado por una multitud de sirvientes, un médico de Estrasburgo y un enano suizo llamado Perro cuyo cometido consistía en abrir el portal de roble de diez metros de altura a los escasos huéspedes del lugar. Más tarde, Beckford escribió: No sufro poco con este horrible aburrimiento y la soledad de esta tumba de abadía, pero lo peor es que en ella no se encuentra la tranquilidad que emana de las demás tumbas.

Un muro de tres metros de altura y doce kilómetros de longitud rodeaba la finca y, además del conglomerado de arquitectura, encerraba también un parque fabuloso y oscuro a la vez. Beckford hizo construir un jardín del tipo denominado americano, después de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se introdujeran y se popularizaran las plantas que toleraban las temperaturas bajo cero, como los rododendros, las magnolias, los cipreses de los pantanos o los tuliperos. En los terrenos situados por debajo de la abadía, hizo construir el lago artificial Bitham. Amplias superficies de césped y largas avenidas arboladas cruzan el terreno, rodeado por árboles autóctonos y ejemplares exóticos. Beckford deseaba un jardín silvestre controlado por los jardineros en el cual los animales, que más allá de ese muro eran acosados despiadadamente por lords ávidos de caza, pudiesen llevar una existencia paradisíaca.

 Joseph Mallord William Turner
Panorámica de Fonthill desde un puente de piedra (1799)

En el año 1799, invitado por Beckford, el joven William Turner pasó tres semanas en Fonthill para realizar dibujos y acuarelas del parque y de la abadía. Seguramente Beckford deseaba ver sus propias visiones concretizadas en el arte de Turner, ya que una de sus descripciones de Fonthill se corresponde exactamente con una de las acuarelas del artista: Los oscuros bosques que rodean la abadía quedaron cubiertos por el brillante colorido del sol poniente y el azul más hermoso del cielo. Y de entre esas floretas se alzaba el castillo de Atlas con todos sus ventanales, relucientes como diamantes. Nada de lo que he visto en mi vida se acerca a esta visión única, ni en la grandeza de su aspecto ni en la magia de los colores. Beckford había recurrido al castillo en los aires del nigromante Atlas de la obra de Ariosto Orlando furioso. En el año 1807 fue abolido el comercio de esclavos y en las colonias de las Indias Occidentales el precio de la caña de azúcar cayó, con lo cual los ingresos de Beckford quedaron reducidos. Ya no podrá financiar la finca, que había sido administrada con todo tipo de lujos, por lo que en 1822 la abadía tuvo que ser subastada en Christie's de Londres por la suma de 330.000 libras. El comentario de Beckford fue el siguiente: ¡Me he librado de la tumba sagrada! Cuando años más tarde la gran torre de la abadía se derrumbó, se expresó con un distanciamiento similar. Lamentó no haber podido estar presente.
  

3 comentarios:

Me lo apunto para mis próximas lecturas. Un tipo curioso este tal Beckford.

Beldz dijo...

Hola, Vane. Espero que te guste si algún día te acercas a la obra de Beckford. Muchas veces, los tipos curiosos hacen libros extraordinarios. ¡Gracias por tu comentario!

Jolan dijo...

Este lo visité durante mi visita a Albi y fue el colofón perfecto para un día que recuerdo con enorme cariño. Gracias por recordármelo, Beldz. ;)