Creación de jardines: el laberinto de Versalles

1/28/2014 Beldz 4 Comments


¿Quién no ha soñado alguna vez con los fabulosos jardines de Versalles? Pasearse por la Orangerie, sentir el agua que emana de las fuentes escultóricas, sentarse en un banco y contemplar los setos y las flores. Caminar hasta Le Grand Trianon y darse cuenta de la inmensidad que envuelve el palacio. Rodear el Gran Canal o detenerse, bajo un sol esplendoroso, ante la fuente de Apolo. Luis XIV, que junto a su pasión por la caza y las artes, era un enamorado de la jardinería, quiso construir en Versalles los jardines más inmensos y elegantes de toda su época. Para ello, se sirvió de los arquitectos, escultores y jardineros más prestigiosos del siglo XVII, como André Le Nôtre. Hijo de una familia de jardineros reales, trabajó durante mucho tiempo en las Tullerías -donde se alzaba uno de los palacios reales-. Cuando Luis XIV quiso construir un palacio en las afueras de París, recurrió a sus servicios. Se dice que el monarca confiaba plenamente en su jardinero real: discutía con Le Nôtre los diseños de los parterres o autorizaba el tipo de árboles que mejor quedarían en cada lugar. Luis XIV lo controlaba todo. Quería que Versalles fuera una nueva Roma. Él mismo se comparaba con Apolo, el dios del sol.

Uno de los elementos que más me ha llamado la atención de los jardines de Versalles es su laberinto. Estos días estoy sumergida en una lectura fascinante: Los jardines del Rey Sol. Luis XIV, André Le Nôtre y la creación de los jardines de Versalles, de Ian Thompson. En uno de sus capítulos se habla de la creación del Labyrinthe, construido en el bosque al sur del eje principal. También lo diseñó Le Nôtre, pero su contenido lo llevaron a cabo dos figuras literarias de gran magnitud: Charles Perrault y Jean de La Fontaine. Desgraciadamente, el laberinto, que tal y como dice el libro, era el orgullo del Rey Sol y de sus jardineros, fue reemplazado durante los primeros años del reinado de Luis XVI por el mucho menos interesante Bosquet de la Reine, que todavía pervive. No queda ningún vestigio del laberinto. Sólo podemos saber cómo era gracias a los grabados y a los textos originales de la época. ¿Queréis saber cómo estaba diseñado y qué esculturas contenía? Seguid leyendo estos párrafos que he extraído del libro.


Los laberintos eran extremadamente populares en los jardines de la Edad Media y principios del Renacimiento. Aunque a menudo simbolizaban la búsqueda religiosa o romántica, eran un divertimento que casaba a la perfección con la actitud de Luis respecto a su parque de placer, por lo que no tardó en querer construir uno. El Labyrinthe puede encontrarse en los planos de 1665, aunque los trabajos de construcción no empezaron hasta el año siguiente. Como muchas de las construcciones más destacadas de Versalles, fue fruto del trabajo en equipo. Le Nôtre, por descontado, fue el responsable del suelo y del aspecto horticultural, pero las dos figuras literarias asociadas a su contenido, Charles Perrault y el poeta Jean de La Fontaine, fueron quienes supervisaron el trabajo de veinte escultores que trabajaron en los trabajos de decoración del laberinto.

En la primera imagen podemos ver el plano del laberinto (1714). En la segunda, el pintor Jean Cotelle representa la entrada al laberinto, donde se ven las estatuas, a izquierda y derecha, de Esopo y Cupido (1688).

En 1668, La Fontaine publicó su primer volumen de versos basados en las fábulas de Esopo. Tuvieron mucho éxito y le siguieron otros volúmenes en 1678, 1685 y 1693. La Fontaine cayó en desgracia, pues se le ocurrió hablar en defensa de Fouquet, pero sus poemas parecen haber proporcionado el tema alrededor del cual se diseñaron las esculturas y las fuentes del Labyrinthe. La idea de colocar fuentes representando historias de Esopo en el laberinto de Le Nôtre probablemente fue de Charles Perrault, otro escritor recordado principalmente por su contribución a la literatura infantil. Sus Cuentos de mamá oca, de 1697, reformulan relatos folclóricos medio olvidados como El gato con botas o La bella durmiente. El rey se sentía tan orgulloso de su Labyrinthe que le encargó a Perrault que escribiese una guía para el mismo, que se publicó en la Imprimerie Royale en 1677 y 1679. Encuadernado en color rojo, con el monograma real, se guardaron las copias en la biblioteca real y se regalaban a visitantes de categoría. Perrault también escribió la siguiente descripción del Labyrinthe en 1675:

Es un bosquecillo cuadrado, con árboles jóvenes, muy tupidos y exuberantes, con una gran cantidad de senderos, que se entrecruzan con tal ingenio que nada resulta tan agradable como perderse. Al final de los senderos, y allí donde se cruzan, hay fuentes, situadas de tal modo que allí donde uno se encuentre, siempre ve tres o cuatro o incluso seis o siete a la vez.

En total había treinta y nueve fuentes en la zona que cubría el laberinto, que incorporaban unas trescientas esculturas de animales, al menos cien de las cuales lanzaban agua. Los animales estaban esculpidos en plomo, pintados con colores realistas y agrupados en torno a los estanques de piedra bajo doseles entramados. Elaborar el programa escultural, crear las esculturas, trazar los emplazamientos y los sistemas de canalización de agua fue un proceso largo, por lo que el Labyrinthe no estuvo acabado hasta 1673-1674. El agua no manaba de forma accidental, se usaba de un modo muy expresivo para animar el carácter de los animales retratados. En la entrada al Labyrinthe había dos esculturas, una de un anciano y feo Esopo, y otra de un hermoso y joven Cupido. Charles Perrault imaginó un encuentro casual entre Apolo y Cupido en los terrenos de Versalles. El joven dios se dirigiría al mayor:

Dejaré para ti toda la gloria y te permitiré que lo dirijas todo, siempre y cuando me garantices que pueda construir el Labyrinthe, que amo con pasión y que casa tanto conmigo. Pues sabes que yo mismo soy un laberinto, en el que es fácil perderse. Mi idea es crear toda una serie de fuentes allí y adornarlas con los personajes de las más ingeniosas fábulas de Esopo, con las que transmitiré lecciones y máximas para aconsejar a los amantes.

Si bien el orden y la geometría imperaban en el parque, este pasaje sugiere que el Labyrinthe se construyó según la muy diferente lógica del amor. Era un lugar donde los mortales podían perderse. El diseño del Labyrinthe no siguió los parámetros habituales, pues no tenía una meta central y permitía echar la vista atrás, pero sin lugar a dudas pretendía transmitir una eduación moral, donde los hombres y las mujeres podían caminar entre los árboles en busca de verdades ocultas.


Uno de los grupos escultóricos ilustraba la fábula de La lechuza y los pájaros. La pobre lechuza es rechazada por otros pájaros debido a su oscuro plumaje y su áspera manera de ulular, de ahí que sólo se atreva a salir por las noches. La moraleja, según Perrault, es que cualquier hombre prudente que desea pasar indemne por el laberinto del amor debe tener un lenguaje amable y vestir de forma adecuada. En la fábula Los pavos reales y el arrendajo, un desencaminado arrendajo se viste un día con las plumas que han perdido varios pavos reales. Disfrazado de esa guisa, cree que será aceptado entre ellos, pero lo que sucede es que se burlan de él y le atacan. La moraleja debía de gustarle a los cortesanos de Versalles: no tiene sentido fingir maneras galantes cuando uno no proviene de alta cuna.

Por inocuas que pudiesen parecer a primera vista las esculturas del Labyrinthe, esa arboleda para enamorados no quedaba exenta de la clase de mensajes políticos que empezaban a imperar en el resto del parque. Muchas de las fábulas representaban escenas sobre la lucha por la vida y la muerte parecidas a los combates entre animales en el parterre de agua. En Las ranas y Júpiter, la nación de las ranas le pide a Júpiter que les envíe un rey y este les envía al rey Leño, que cae con estrépito, pero después no hace nada. Las ranas se quejan y reclaman tener un monarca más activo, así que Júpiter, enfadado, les envía al rey Grulla, que se las come para desayunar, comer y cenar. La moraleja viene a decir que hay que aceptar al rey que ha tocado en suerte, porque otro podría ser mucho peor.
     

Retos literarios 2014: nos gustan los clásicos

1/04/2014 Beldz 8 Comments


Nunca he sido muy partidaria de los retos literarios. Soy de las que opina que cada lectura tiene su momento determinado. Escogemos un libro u otro según cómo nos sintamos aquel día. No obstante, este año he decidido crear un reto propio, y participar en otro que he visto. Un nuevo año que brinda nuevas lecturas. Y los retos están más vivos que nunca. Son muy populares. A ver qué os parece éste que os propongo. Se trata de leer un clásico del siglo XIX cada mes. Serían doce en total a vuestra elección. Sin ataduras. Cogéis el que os apetezca. Yo iré actualizando esta misma entrada cada vez que termine uno, así veréis los que he escogido. ¿Os animáis?


1. E.T.A. Hoffmann: El hombre de la arena y otras historias siniestras (1817)

E.T.A. Hoffmann es, junto a Heinrich von Kleist y Novalis, uno de los escritores del Romanticismo alemán que más me llama la atención. Su estilo irónico, satírico y profundo, le granjeó un gran éxito. Influenció a autores de la talla de Edgar Allan Poe y Téophile Gautier; y a compositores como Schumann, Wagner o Donizetti. En El hombre de la arena y otras historias siniestras se reúnen algunos de sus relatos más inquietantes y sobrenaturales. El que da nombre a la recopilación es una obra maestra de ambiente gótico y terrorífico. Un relato que se enmarcaría dentro del Romanticismo negro: algo plácido se transforma en grotesco, diabólico e intensamente psicológico. También se incluyen otros relatos de corte fantástico, como Vampirismo, El huésped siniestro, La iglesia de los jesuitas de G. o La marquesa de la Pivardière.

2. Alphonse Daudet: Tartarín de Tarascón (1871)

Alphonse Daudet fue un reconocido escritor francés, nacido en Nîmes en 1840. Su Provenza natal le inspiró un excelente conjunto de relatos, publicados en 1866 bajo el nombre de Cartas desde mi molino. Cinco años después escribió su obra más conocida: Tartarín de Tarascón. Su personaje mítico. Con una prosa irónica, caricaturesca, y llena de ternura y sencillez, Daudet nos presenta a un hombre soñador, romántico, mentiroso, cazador, deseoso de aventuras. Tartarín supone una lectura fascinante, alegre, soleada, optimista, cercana. Por suerte, he tenido la oportunidad de leer la traducción al catalán que hizo de la obra Santiago Rusiñol, escritor y pintor, amigo de Alphonse Daudet y de su hijo León. Un clásico francés de lectura imprescindible.

3. Wilkie Collins: El hotel encantado (1878)

Wilkie Collins es el maestro de la literatura de misterio decimonónica. Sabe cómo mantener el suspense hasta el final. Sus historias están bien construidas, sus personajes poseen profundidad psicológica y los ambientes de la mayoría de sus novelas son lugares con una atmósfera brumosa e inquietante. El hotel encantado, publicado en 1878, es un relato bastante corto, pero intenso, y totalmente recomendable. La acción se sitúa en Inglaterra y en un palacio veneciano convertido en hotel. Una muerte y unos extraños sucesos sobrenaturales serán los que impresionen y desconcierten a los protagonistas de esta historia. Un clásico de la literatura de fantasmas que está a la altura de las grandes novelas de Wilkie Collins.

4. Louisa May Alcott: Un cuento de enfermera (1865)

Louisa May Alcott, la autora de la célebre Mujercitas, ejerció como enfermera durante la Guerra de Secesión. Sus experiencias como enfermera las recopiló en unas cartas que más tarde publicó bajo el título de Apuntes del hospital. A partir de ahí empezó su carrera como escritora. En Un cuento de enfermera, la autora utilizó de nuevo el mismo tema para crear una historia de misterio en la que se mezclan el amor, la venganza, el odio, los celos y los engaños. Kate Snow, la protagonista, será contratada para cuidar a la hija pequeña de la familia Carruth, Elinor, que sufre una enfermedad mental hereditaria. Allí se sumergirá en una espiral de intrigas que obtendrán su resolución en un final sorprendente. Como nos cuentan en la sinopsis, esta novela de intriga cuasi policial sobre la maldición de una estirpe recuerda algunas de las mejores páginas de Wilkie Collins, las hermanas Brontë o Jane Austen. Y estoy totalmente de acuerdo.

5. Guy de Maupassant: Bel-Ami (1885)

¿Hasta dónde puede llegar nuestra ambición? Georges Duroy, el protagonista de esta historia, lo sabe muy bien: hasta la misma cima del mundo. Y eso es lo que se propone, llegar hasta la clase alta de la sociedad parisiense de finales del siglo XIX... a través de las mujeres. Sí, sabe perfectamente que es a través de las mujeres como se llega más deprisa. Partirá corazones, repartirá desprecio, abusará de la confianza de sus amigos; su vanidad le ayudará a derrumbar todos los obstáculos. Y todo ello lo conseguirá gracias a un encuentro casual con un antiguo compañero del ejército, Charles Forestier, que le sacará de su miseria para convertirlo en el brillante periodista de La Vie Française. En Bel-Ami, Guy de Maupassant ha construido una novela de lectura rápida y amena que muestra uno de los lados más despreciables del ser humano. Es inquietante, por la actualidad del tema, e indigna, por el rumbo que van tomando algunos acontecimientos. Un libro recomendable para conocer los entresijos de una clase social adinerada; pero, sobre todo, para aprender que el camino de la ambición está plagado de desdicha.

6. Alessandro Manzoni: Historia de la columna infame (1840)

La novela más famosa del milanés Alessandro Manzoni (1785-1873) fue Los novios, una obra cumbre de la literatura italiana. En un pasaje de esta novela se describe el brote de peste que asoló Milán en 1630. Manzoni investigó ese cruel episodio y descubrió un hecho sorprendente que plasmó en un librito a parte titulado Historia de la columna infame. Resulta que se acusó, sin demasiado fundamento, a varias personas de ser ungidores, es decir, de untar las paredes de las calles con una sustancia tóxica para aumentar aún más la mortalidad. El juicio no fue justo y el derecho no se aplicó como tenía que aplicarse. Los acusados sufrieron todo tipo de torturas y, uno de ellos, tuvo que ver cómo quemaban su casa y construían, en su lugar, el símbolo de su vergüenza: una columna que recordaría, durante dos siglos, los hechos ocurridos. Algunos antepasados de Manzoni recuperaron este acontecimiento para criticar el sistema establecido, pero fue el escritor milanés el que le dedicó íntegramente un libro. Esta Historia de la columna infame es apasionante, pero bastante ardua de leer. Mezclada con la narración de los hechos se hallan nociones de derecho y referencias a antiguas leyes y sucesos que hacen difícil su lectura. No es una novela; es la exposición de un caso ocurrido realmente en el siglo XVII.

7. Arthur Conan DoyleLos recuerdos del Capitán Wilkie (entre 1883 y 1898)

A Arthur Conan Doyle se le conoce principalmente por ser el creador del detective-consultor más famoso del mundo: Sherlock Holmes. Pero este médico reconvertido en escritor también fue autor de otras novelas interesantes, como Sir Nigel, Las aventuras del Brigadier Gerard o El mundo perdido, y de un sinfín de relatos. Bajo el título Los recuerdos del Capitán Wilkie se agrupan once cuentos de diversa índole que nos muestran la habilidad de Conan Doyle para inventar historias diferentes: nos traslada desde los extravagantes recuerdos de un cochero en el Londres victoriano hasta el lejano oeste, donde la codicia separará a dos buenos amigos. Como toda antología, hay relatos más amenos que otros; pero, en general, están bien escritos, nos hacen pasar un buen rato y nos muestran la otra vertiente literaria de Conan Doyle, más desconocida, pero también interesante.

8. Charlotte BrontëJane Eyre (1847)

Jane Eyre es una de las mejores novelas de la literatura universal. Es de aquellas que dejan huella en el corazón de los lectores; no sólo en los de aquella época, sino también en los de la nuestra y, con toda seguridad, en las de las generaciones venideras. Fue un éxito cuando se publicó en 1847 porque superaba los convencionalismos del género. Sus ingredientes góticos fascinaban: alusiones frecuentes a la muerte y al más allá se mezclaban con escenas de posibles apariciones. Tampoco faltaban los cielos tormentosos, los cementerios y, sobre todo, la dramática suerte de la protagonista. Jane Eyre es un drama de grandes dimensiones, absorbente y fascinante. La prosa de Charlotte Brontë nos envuelve de melancolía, pero también de esperanza y fe en la superación. Acompañad a Jane en sus desventuras. Aprended de su forma de ser, de sus pensamientos, de sus reflexiones. Dejaos rodear también por su visión del amor. Leed este clásico imprescindible de la literatura inglesa. Os encantará.

9. George Sand: Lavinia (1833)

Amandine Aurore Lucile Dupin, el verdadero nombre de George Sand, fue una gran mujer de su tiempo. Se relacionó con Franz Liszt, Delacroix y Flaubert, además de ser amante de Alfred de Musset y de Chopin. Aunque su vida amorosa era muy conocida, fue también su faceta como escritora la que le reportó un éxito inmediato en los círculos literarios. Lavinia, un pequeño relato que escribió en 1833, y que nosotros podemos leer gracias a la edición de Periférica, fue una de las primeras novelas de George Sand. En ella, la autora despliega con maestría su conocimiento de las pasiones humanas: una joven de origen portugués se reúne con su primer amor, un aristócrata inglés que la abandonó años atrás. Este reencuentro aflorará sentimientos antiguos y creará una situación inesperada en el corazón de ambos. Como nos cuentan en la sinopsis, Sand ya conocía el lenguaje del amor, sabía todo lo que encierran las declaraciones, los juramentos, las cartas, los gestos, la impaciencia, los silencios. Una historia con ingredientes universales que gustará a los que busquen una novela corta con una narración delicada ambientada en el siglo XIX.

10. Heinrich von Kleist: Michael Kohlhaas (1810)

A Heinrich von Kleist se le conoce más por su trágico suicidio que por su obra literaria. Este gran escritor del Romanticismo alemán fue un incomprendido en su época; por eso, por su escaso éxito, decidió suicidarse junto a su compañera Henriette Vogel un 21 de noviembre de 1811 a orillas del lago Wannsee. Su muerte fue la culminación de su ideario. Pero por suerte, su obra se rescató a lo largo del siglo XX. Una obra romántica, de tono trágico y melancólico. En Michael Kohlhaas, una novela ambientada en el siglo XVI, apreciamos todas estas características del período romántico, además de la lucha por el honor perdido. Michael Kohlhaas es un comerciante de caballos que, al encontrarse con una barrera que antes no existía en las cercanías de un castillo, pide permiso a su señor para franquearla. Éste, sin embargo, no le pondrá las cosas fáciles. A partir de este encuentro la vida de Kohlhaas se convierte en una vorágine infernal que acaba en tragedia. ¿Qué podíamos esperar de Heinrich von Kleist? Michael Kohlhaas es una obra dramática donde el honor y el deshonor, la justicia y la injusticia, son el tema principal. Si aún no os habéis iniciado en la magnífica prosa de Kleist, Kohlhaas es una buena opción.

11. Elizabeth Gaskell: La prima Phillis (1864) 

Una de las novelistas inglesas más famosas de la época victoriana fue Elizabeth Gaskell (1810-1865). Aunque ahora sus obras más conocidas son Norte y Sur y Cranford, escribió otras en las que también retrató la sociedad de su tiempo, como Mary Barton, Esposas e Hijas o La prima Phillis, una novela de apenas 176 páginas que retrata la vida idílica del campo. Este pequeño relato es encantador; un tesoro para los amantes de los clásicos literarios. Elizabeth Gaskell nos ofrece una prosa pausada, envuelta de calidez y bondad. Todo empieza cuando Paul Manning llega a la pequeña población de Eltham como ayudante del ingeniero del ferrocarril -un elemento que aparece constantemente en las novelas victorianas y que aquí tiene una gran importancia, principalmente por la modificación que supone en el paisaje y en las vidas de la gente de Inglaterra-. Allí conoce a unos familiares que viven en el campo, un lugar regido por la tranquilidad de las labores agrícolas. Será por su prima Phillis, una muchacha cultivada y sensible, por quien sentirá más fascinación. Este idilio campestre, sin embargo, se verá alterado por la introducción de otro personaje que provocará una situación dolorosa en el terreno del amor. Aunque la historia narrada por Gaskell propone temas universales -es una historia de amor, de iniciación y de paso a la madurez-, es su escritura la que hace de esta novela un libro especial: es sensible, sencilla, descriptiva e inteligente, reveladora del alma humana. Creo que La prima Phillis es una pequeña novelita a descubrir, que se lee en un suspiro. Aunque muchos le podrían criticar su extrema sencillez en la historia expuesta, a mí es precisamente la manera de narrar su sencillez la que me resulta agradable. ¡Os recomiendo su lectura! Espero que os guste si no la habéis leído.

12. Margaret Oliphant: La puerta abierta (1882)

El último libro de mi reto de clásicos es un relato de fantasmas. Nada menos que de Margaret Oliphant (1828-1897), una gran escritora de historias de fantasmas victorianos, admirada incluso por M.R. James.  En La puerta abierta, Margaret nos rodea de un ambiente melancólico en el que predomina la voz de un espectro escondido en las ruinas (un elemento de tradición gótica) de una antigua casa. Sería difícil describir el argumento sin desvelar alguna cosa importante de la trama. Como buen relato de terror decimonónico, pero ya con toques modernos, encontraremos lo sobrenatural que afecta a todos los personajes, el estremecimiento de lo desconocido y la ambientación romántica y nocturna. Una historia digna de ser leída y descubierta por su bonita prosa y su acertada descripción de los acontecimientos. Sobrecogedora y sentimental.




El segundo reto también es interesante y fácil de cumplir. Lo he visto en Gecko Books y se trata de sumergirse en la literatura rusa. Hay tres tipos de modalidades: la fácil, leer hasta tres libros; la moderada, leer hasta seis libros; y la difícil, leer más de seis libros. La literatura rusa es un gran tema que tengo pendiente. ¡Al menos ahora, con este desafío, podré obligarme a darle una oportunidad! Es asequible y seguro que nos brindará muchas horas de diversión. Yo, sin duda, empezaré por los grandes clásicos. ¡Animaros también a participar!


¡Qué lástima! ¡Sin cumplir!