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Georges Méliès, la magia del cine

 
Georges Méliès
La magia del cine
Del 16 de septiembre de 2015 al 10 de enero de 2016
CaixaForum (Tarragona)

¿De dónde viene Méliès? ¿Cómo forjó su extraordinario universo? ¿Cuáles fueron sus fuentes de inspiración? La exposición explica por primera vez las raíces culturales, estéticas y técnicas de Méliès. Demostrándose que los orígenes del mundo meliesiano se hallan en los propios orígenes del cine: sombras animadas, linterna mágica, fantasmagoría, cronofotografía, ilusionismo, magia y fantasía. El visitante viajará al mundo extraño, agitado y animado de uno de los mayores creadores de la historia del cine, asistiendo a su nacimiento. Marcarán el ritmo de la muestra proyecciones, aparatos que reproducen la imagen y otros objetos, como los usados por el propio Méliès en sus espectáculos de ilusionismo.



La fantasía de Georges Méliès. La magia que rodea a un gran cineasta. Un mundo de ilusiones, de maravillas ópticas, de fantasmagorías, de imágenes vibrantes. Entrar en el cine de Méliès es como entrar en un mundo lleno de posibilidades; en un mundo de aventuras; en un mundo donde todo parece posible; en definitiva, un mundo irreal, asombroso; un tipo de mundo que sólo reside en nuestra imaginación. Georges Méliès consiguió plasmar en imágenes secuenciales toda la fantasía de nuestra mente; aquella que vislumbramos en nuestros sueños. ¿Cómo no sentir fascinación por alguien que, reuniendo los materiales que tenía a su alcance, inventó un medio en el que aislarse de la realidad? Un medio en el que el padre del cine fantástico volcó todo su saber con la finalidad de entretener a un público entusiasmado por la novedad del cine. Me imagino viviendo en aquella época de cambios, viendo por primera vez cómo las fotografías se convertían en movimiento, narrando una pequeña acción o una historia sencilla. La cara de sorpresa que se me quedaría al observar La llegada del tren de los hermanos Lumière, una de las primeras películas rodadas con el cinematógrafo en 1895. Imaginaos ese día en el que el público espectador pudo ver una de las grandes películas de Méliès, el Viaje a la luna (1902). ¡Asombroso! Aquellos tiempos fueron el inicio de algo espectacular que aún hoy en día inspira a nuestros directores de cine. Georges Méliès fue uno de los pioneros, si no el primero, del cine fantástico.




Georges Méliès tuvo una mente privilegiada, una de aquellas que desborda imaginación y talento. Estaba destinado a inventar, a crear fantasías. Esa sensación de maravilla es la que a uno le invade al empezar esta exposición. Su finalidad no es exponer tan sólo un muestrario de la obra de Méliès, sino penetrar en sus orígenes. ¿Qué fuentes de inspiración tuvo Méliès? ¿Cómo forjó su particular universo? Por eso, se empieza a recorrer esta exposición a partir de lo más básico: las sombras chinescas, la linterna mágica, las ilusiones ópticas y las leyes de la perspectiva. Las raíces del cine de Méliès se encuentran en el arte del engaño. Sin todos estos elementos, el cine de Méliès no hubiera sido posible. Veamos algunos de los que le influenciaron:

* Perspectiva: se conoce desde el Renacimiento y permitía crear profundidad. En su tiempo, fue una gran revolución, pues las imágenes planas y sin fondo de la Antigüedad y de la Edad Media adquirieron vida y realismo. En los primeros tiempos del cine, la perspectiva fue fundamental para crear escenografías. En el caso de Méliès, le sirvió para crear decorados sucesivos y a veces móviles.

* Sombras chinescas: es uno de los efectos ópticos más antiguos que existen y consiste en hacer formas con las manos entre una fuente de luz y una pared o superficie clara para crear una sombra estática o en movimiento. Con el tiempo, las así llamadas sombras chinescas no se hacían sólo con las manos, sino que se crearon títeres o marionetas para representar con más precisión una historia dramática. Así nació este tipo de teatro, que se hizo muy popular a partir del siglo XVIII con el teatro de sombras de Dominique Séraphine (1747-1800) y, más tarde, con los de Caran d'Ache (1858-1909) y Henri Rivière, que animaron las noches del cabaret Le Chat Noir con sus espectáculos. Las sombras chinescas se consideran un claro precedente del cine porque reproducen el movimiento sobre una pantalla.

* Linterna mágica: es un aparato óptico basado en el diseño de la cámara oscura. ¿Cómo reproducía las imágenes? Mediante un juego de lentes y un soporte en el que se colocaban las imágenes pintadas sobre placas de vidrio. Éstas se iluminaban con una lámpara de aceite y se proyectaban con un tamaño más grande sobre una superficie. En tiempos de Méliès, era básicamente una ampliadora fotográfica, utilizada también en la enseñanza para apoyar la teoría con un modo visual.


* Estereoscopia: es una técnica para crear ilusión de profundidad en una fotografía, que es un medio plano. A través de diversas perspectivas, se engaña al ojo humano para que éste se imagine una imagen en tres dimensiones. Es un sistema un poco complejo, pero que resulta óptimo para dar volumen. En resumen, se utilizan dos imágenes tomadas desde ángulos distintos y, luego, fijando la vista se ven con profundidad. En el cine es un recurso muy utilizado y en sus orígenes sirvió para dar realismo a las películas.

* Estroboscopia: es una técnica que permitía visualizar en movimiento una imagen fija. En tiempos del pre-cine, una figura destacada en este campo fue Émile Reynaud (1844-1918) y su Théâtre Optique, patentado en 1888 y basado en el praxinoscopio, una máquina con un tambor circular en el interior del cual había unas imágenes fijas que el espectador veía en movimiento cuando giraba una manivela.

* Fotografía del movimiento: es necesario citar aquí, en este apartado también precursor del cinematógrafo, a Eadweard Muybridge (1830-1904), un fotógrafo británico que experimentó con la cronofotografía, esto es, la imagen en movimiento. Consistía en fotografiar las distintas fases del movimiento (de un animal, por ejemplo) sobre un fondo negro. Con el fusil fotográfico de Marey,  que podía registrar en una única placa las diferentes fases del movimiento, Muybridge consiguió series de fotografías sucesivas.

* Kinetoscopio: fue William Kennedy Dickson quien desarrolló para Thomas Edison el kinetoscopio, la máquina precursora del proyector cinematográfico. Era una caja de madera vertical en la que corrían una serie de bobinas de película en movimiento. Tuvo mucho éxito e incluso en Nueva York surgieron salas de kinetoscopio que funcionaban con una moneda.




¡Imaginaos cuántas influencias! Eran tiempos de invenciones, y Georges Méliès las utilizó todas para crear su cine particular. La gran innovación vino con el cinematógrafo, inventado por los hermanos Lumière, y que combinaba la linterna mágica y la cronofotografía. En un inicio, filmaron escenas de la vida cotidiana. La primera película que se considera como tal fue La Sortie des usines Lumière (La salida de la fábrica Lumière en Lyon), dirigida por Louis Lumière y presentada en 1895. Méliès quedó impresionado con el cinematógrafo y pronto empezó a emularlo. ¿Cómo lo consiguió? Méliès ya sentía interés por el teatro y el ilusionismo desde pequeño. En 1888, con el dinero que recibió de su padre al retirarse de su fábrica de zapatos, compró el teatro Robert Houdin y allí, como director que era, presentó espectáculos de ilusionismo. En 1895, al ver el cinematógrafo, quiso incluirlo en las funciones de su teatro, pero ante la negativa que recibió, compró otro aparato similar, inventado por Robert William Paul, y empezó a proyectar películas de la vida cotidiana (similares a las de los hermanos Lumière) en su teatro. Sin embargo, tenía una mente tan imaginativa que pronto quiso convertir esas escenas diarias en otras que se parecieran a sus espectáculos de ilusionismo. Empezaba a nacer así su cine más característico, aquel que nos dejó joyas como Viaje a la luna. En su estudio de Montreuil, de grandes ventanales, filmó algunas de sus películas, creó decorados, dibujos (Méliès era un gran dibujante) y mecanismos para sus películas. Como nos cuentan perfectamente en la exposición, Méliès reinó en el mundo del género fantástico y del trucaje cinematográfico durante casi veinte años y su contribución en el séptimo arte fue fundamental: introdujo el sueño, la magia y la ficción en el cine, cuando aún estaba en sus inicios. Su arte consistió en combinar el universo del Robert Houdin, la cinematografía de Marey y la de los hermanos Lumière. Como genio de los efectos especiales, Méliès aplicó al cine la técnica del ilusionismo y de la linterna mágica: pirotecnia, efectos ópticos, desplegables horizontales y verticales, parado de cámara, sobreimpresiones, efectos de montaje y de color.

Esta exposición, comisariada por Laurent Mannoni, director científico del patrimonio del Conservatoire des Techniques de La Cinémathèque française, es una magnífica oportunidad para conocer la obra de un genio del cine; sobre todo, para conocer las influencias que recibió su cine, fruto de una época de cambios y de grandes invenciones en el campo de la ciencia. Fue una lástima que la Primera Guerra Mundial y el desarrollo del cine (encabezado por Edison en Estados Unidos y por Pathé en Francia) le sumieran en las deudas. En 1923 tuvo que vender su estudio de Montreuil y abandonar definitivamente la industria del cine. Fue un periodista, Léon Druhot, quien lo descubrió regentando una tienda de juguetes en la estación de Montparnasse. Gracias a él, a partir de 1925 su obra fue redescubierta y su figura reivindicada sobre todo por los surrealistas.



Martin Vivès. Una vida comprometida, una obra libre


Muchas veces, cuando rememoras un lugar que has visitado hace tiempo, te embarga un sentimiento de añoranza y alegría. ¿No sentís vosotros una sensación parecida? A mí me ocurre a menudo cuando pienso en algo que me ha gustado mucho. Por ejemplo, cuando pienso en esta exposición sobre Martin Vivès (1905-1991) que pude visitar en el museo François Desnoyer de Saint Cyprien el año pasado. Confieso que nunca había oído hablar de este pintor. No es un artista francés demasiado conocido actualmente y, sin embargo, sus obras tienen una calidad excepcional. Más que artista francés, quizá debería calificarlo de artista rosellonés (aunque algunos me cuestionarían esta opinión), hijo predilecto de la Catalunya Nord. Martin Vivès nació en Prades de Conflent en 1905, justo en el mismo momento en que Henri Matisse desarrollaba el estilo fauvista en Cotlliure, una localidad costera cercana a Prades. Vivès siempre estuvo muy unido a la tierra que lo había visto nacer. En 1922, estudió en la escuela de arte de la Llotja, en Barcelona, y un año más tarde, en 1923, en la escuela Gauthier de Burdeos. En esta época estuvo muy influido por Cézanne, del que decía que era su maestro: Cézanne mon maître, j'ai ignoré pendant longtemps que je cherchais ce qu'il a trouvé. De hecho, Vivès siempre estuvo al margen de la academia parisina, como también lo habían estado Cézanne y los pintores impresionistas. Eso no le impidió alcanzar el éxito en una sociedad marcada por la guerra.


Martin Vivès, como bien titula la exposición, vivió una vida comprometida, en lucha contra un siglo XX lleno de barbarie. Ayudó activamente a los republicanos españoles durante la retirada de 1939 y fue un miembro eficaz de la Resistencia. Aunque no enfocó su pintura a ilustrar los desastres de la guerra, sus acciones solidarias para ayudar a la población civil merecen una mención: el 26 de enero de 1939, tras la caída de Barcelona a manos de las tropas fascistas, Vivès vio cómo 500.000 refugiados españoles llegaban al Rosellón. Allí se crearon los famosos campos de concentración de Argelers, Saint Cyprien y Perpignan. El artista no dejó de trabajar para liberar a los que tuvieron la mala fortuna de recaer allí, sobre todo algunos de sus amigos pintores: Antoni Clavé, Carles Fontserè, Ferran Callicó, Pedro Flores y Joan Merli. Su vida, como podéis ver, se centró en su pintura y en su compromiso hacia los desastres de la guerra. Dos trayectorias vitales que evolucionaron juntas. Esta exposición, precisamente, intentó mostrarnos estas dos facetas, que no pueden entenderse separadas; no existe una sin la otra. ¿Qué os parece si nos internamos un poco más, ahora sí a través de la exposición, en la fascinante obra de Martin Vivès? Espero que la encontréis interesante.


Martin Vivés. Une vie engagée, une œuvre libre, que tuvo lugar en el museo François Desnoyer de Saint Cyprien entre el 25 de enero y el 12 de mayo de 2014, ofreció a través de un centenar de obras, muchas de ellas inéditas hasta ahora por el público, una visión retrospectiva de este pintor, un homenaje a la carrera de uno de los pintores más conocidos de la escena artística del Rosellón. Sus inicios están marcados por el uso de colores vivos y suaves, fruto de un viaje a Mallorca y de haber conocido a Joaquim Mir, su maestro en la Llotja, un reconocido pintor de paisajes catalán. Sus géneros preferidos, los que trató a lo largo de su carrera artística, fueron los paisajes, las escenas de la vida cotidiana y las tradiciones de su tierra. Aunque podríamos calificarlo de pintor regionalista, pues pintó las montañas del Conflent, las playas cercanas a Saint Cyprien, los cielos de la Côte Vermeille, o las calles de Perpignan, él siempre decía que su pintura tenía una dimensión universal. No obstante, en los inicios de la década de 1940, y debido a la ayuda que ofreció a la Resistencia, su trabajo al aire libre se vio limitado; tuvo que centrarse en producir una obra más íntima en su taller, principalmente de naturalezas muertas. Incluso, en el año 1944, tuvo que esconderse durante 124 días en el desván de una casa. Cuando por fin pudo salir de su confinamiento y clandestinidad, se reencontró con la pintura en toda su fuerza, pintando una serie de acuarelas intensas -el género de exterior por excelencia-.

L'Allée de buis (1932) y Fontaine dans un jardin (1933)

Desgraciadamente, el trauma causado por la Segunda Guerra Mundial vuelve a sumirlo en una total oscuridad. Su pintura entre 1945 y 1950 refleja temores e inseguridades, preguntas sin respuesta e incomprensiones. Los azules, los tonos grises y los marrones oscuros predominarán en sus obras. La visión de un mundo devastado imposibilita al artista aceptar la realidad. No será hasta 1950 cuando Martin Vivès empieza de nuevo a incorporar tonalidades más alegres, más luminosas, en sus pinturas: los marrones se vuelven amarillentos, los azules, más claros, y los grises incorporan tonos rosados. ¡Vuelve el color! Es en esta época cuando plasmará la vida de las grandes playas del Rosellón. Su paleta vibra bajo los rayos del sol, su trazo es simple y enérgico, transmisor de felicidad. El día a día de los pueblos rurales también se vuelve esencial en su pintura: cultivos, carros, fiestas populares... La última etapa de su vida, hasta su muerte en 1991, está marcada por pinturas que rememoran la joya de vivir. Marinas, montañas, días de mercado... aparecen ahora en todo su esplendor. Tras toda una vida de sacrificios, luchas, compromisos y privaciones, ha llegado el momento de pintar en libertad: cuando esa joya de pintar entra en su vida, ya no lo abandona, y la utiliza para celebrar la lealtad a su tierra, para afirmar, tal y como nos dicen en la exposición, que la pintura y la libertad son una sola y única realidad. Y es que la carrera de Martín Vivès estuvo marcada por la estética y la ética, dos características indisociables de su pintura.

Quartier Saint-Jacques (1948)

Le tramway (1954)

Bijou, huile sur toile (1960-1964)

 Le marché (1978)

 Hommage à Van Gogh (1978)

El Rosellón sería menos rico culturalmente sin Martin Vivès; y Martin Vivès no sería lo que fue sin el Rosellón. Expuso en muchas ciudades del sur de Francia, como Perpignan, Toulouse, Carcasona, Prades, Cabestany, Saint Cyprien, Latour-de-France, Céret y Nancy; también en París y en Catalunya -Girona, Figueres, Igualada, Barcelona-. Para mí, fue una suerte poder asistir a una de sus exposiciones. No sólo porque descubrí a un gran pintor, sino porque lo descubrí en un día muy especial. Fue gracias a la excursión que organizó el CAOC (Cercle d'Agermanament Occitano-Català) a Elna con motivo de la conmemoración de la matanza de inocentes en la catedral de esta localidad en 1285. Saint Cyprien se encuentra justo al lado de Elna, así que aprovechamos para visitar esta exposición, por la cual nos guió su comisario (¡todo un privilegio!). Tampoco puedo obviar la intervención del cantautor Josep Tero, que nos deleitó, en una de las salas de la exposición, con una canción magnífica que me traspasó el corazón. Qué voz tan prodigiosa. Fue un honor para mí haberlo conocido. Un día para recordar, una música para no olvidar, un pintor por descubrir.

Un paseo por el museo Toulouse-Lautrec de Albi


Aprovechando que hoy (24 de noviembre de 2014) se cumplen 150 años del nacimiento de Henri de Toulouse-Lautrec, me ha apetecido dedicarle una entrada. Además, es una entrada que tenía pendiente escribir porque en junio visité, precisamente, el museo que tiene dedicado en su ciudad natal, Albi. Existen dos razones principales para acercarse a la bella ciudad de Albi: una de ellas es su extraordinaria catedral, dedicada a Santa Cecilia, y la otra es el museo Toulouse-Lautrec, ubicado en el Palais de la Berbie, un ejemplo magnífico de palacio-fortaleza medieval que ennoblece las orillas del río Tarn. Quien visite el sur de Francia debería acercarse a Albi, una ciudad tranquila y acogedora que invita a la reflexión y que permanece como una pequeña perla alejada del bullicio de la gran (y también magnífica, aunque de ambiente completamente distinto) Toulouse. Pero no voy a dedicar este espacio a hacer una guía turística, sino que lo destinaré a hablar del museo Toulouse-Lautrec, inaugurado en 1922 gracias a las donaciones que de la obra de Henri hicieron los condes de Toulouse-Lautrec, sus padres. De hecho, el museo que podemos ver actualmente no es el mismo que el de aquella época: en 2012 se inauguró una reestructuración en la que se crearon algunos espacios nuevos (como un auditorio y una sala de exposiciones) y se colocaron las obras de Henri de forma temática y cronológica en salas reacondicionadas, algunas de ellas con bóvedas ojivales procedentes del antiguo palacio de la Berbie, construido por los obispos de Albi.

Palais de la Berbie
Musée Toulouse-Lautrec

El museo Toulouse-Lautrec contiene la colección más importante del mundo sobre este artista. Más de 1.000 obras, cuadros, litografías, diseños, estudios preparatorios y carteles. Todos conocemos principalmente su faceta de dibujante de los bajos fondos de París, del mundo del cabaret y de los prostíbulos. ¿Pero sabéis que también fue un genio en el arte del retrato? ¿O que pintó escenas ecuestres? En este museo podréis ver todas sus facetas: en sus obras de juventud, Toulouse-Lautrec destinó sus lienzos a pintar caballos en entornos naturales o en posturas militares, como Chéval blanc (1881) o Amazone suivie de son groom (1880). También retrató a su familia, sobre todo a su madre, a conocidos y a amigos, a actores y actrices, como Comtesse Adèle de Toulouse-Lautrec (1881), Desiré Dihau (1890) o La Modiste (1900). Cuando se instaló en París, empezó a pintar sus temas más conocidos. Toulouse-Lautrec quedó entonces intrínsicamente ligado al Montmartre de fin de siglo, a las noches parisinas, a las mujeres voluptuosas. Su trazo se volvió vibrante, intenso y colorido. Buena muestra de ello son también los magníficos 31 carteles publicitarios que diseñó, como La Goulue (1891) o Divan japonaise (1893), sus más conocidos. Entre sus cuadros de colorido vibrante destacan en este museo Au Salon de la rue des moulins (1894), Le docteur Tapié de Céleyran (1894) o L'Anglaise du star au Havre (1899). Obras sobre cartón, litografías y otros diseños forman esta rica colección que gustará a todos los apasionados por el mundo del arte.

Henri de Toulouse-Lautrec
Au Salon de la rue des moulins (1894)

Tampoco podemos olvidar que el museo Toulouse-Lautrec ofrece una pequeña colección de arte moderno y contemporáneo, constituido por obras diversas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. ¡Y son obras de una gran calidad artística! Podemos encontrar L’Église Santa Maria de la Salute, de Francesco Guardi, Intérieur du Palais des Doges à Venise, de Jules-Romain Joyant, y pinturas de Hyacinthe Rigaud, Corot, Gauguin, Émile Bernard, Maurice Denis, Bonnard, Vuillard, Matisse, Raoul Dufy o Degas, todos ellos artistas que inspiraron a Toulouse-Lautrec y que ayudan a comprender mejor, en este recorrido por su museo, su faceta como artista. Para terminar, os dejaré con una selección de sus obras y con su biografía, extraída del siempre útil diccionario de arte de Ian Chilvers. Espero que si alguna vez visitáis Albi, podáis daros un paseo por este museo, porque vale mucho la pena. Sólo hay que tener en cuenta que, dependiendo del mes del año en que vayáis, abre muy pocas horas. Ah, ¡y cierra los martes! ¡Disfrutadlo!


Pintor y artista gráfico francés, uno de los artistas más atrayentes del siglo XIX. Hijo de un noble desmedidamente excéntrico, creció en el amor al deporte, pero como resultado de dos caídas cuando tenía poco más de diez años, se le atrofiaron los huesos de las piernas y se quedó corto de talla para siempre. Varían mucho las referencias a su estatura, pero desde luego no era el enano de la imaginación popular. Medía poco más de 1,50m, pero su gran cabeza le hacía parecer grotescamente desproporcionado. Lautrec siempre llevó su condición con estoicismo, sin mencionarla nunca excepto en broma, y ello no le impidió resultar atractivo para mujeres tan hermosas como Suzanne Valadon. Mostró un talento precoz para el dibujo (su padre y su tío fueron artistas aficionados) y en 1882 se hizo discípulo de Bonnat, y en 1883 de Cormon. A los veintiún años, en 1885, se le asignó una pensión y se instaló en un estudio propio en Montmartre. También empezó a dibujar para periódicos ilustrados. Conoció a Van Gogh en la escuela de Cormon en 1886, y entró en contacto con los pintores impresionistas y postimpresionistas. 

Desde los quince años hasta los veinticuatro, pintó principalmente temas deportivos. Hacia 1888 empezó a recoger escenas de teatros, salas de fiestas (especialmente el Moulin Rouge), cafés y la vida bohemia de París; los circos y los burdeles fueron temas que repitió una y otra vez. Coleccionó aguafuertes de Goya y su pintura experimentó una gran influencia de Degas. En 1888 había conocido a Gauguin y empezó a sentir un entusiasmo constante por las estampas japonesas en color (ukiyo-e). La influencia del modelo rítmico plano y la caligráfica utilización de un fuerte perfilado propios de Gauguin se hizo dominante sobre todo en sus famosos carteles y en las litografías. A pesar de su estilo de vida notoriamente disipado, era un hombre de gran dedicación a su trabajo, y llegaba temprano a su estudio -aún después de una noche de juerga- para supervisar la pintura de sus litografías. Su obra, con sus formas magistralmente audaces y llamativas, constituyó una de las influencias más importantes para la aceptación tanto de la litografía como del cartel como elevadas formas artísticas. El alcoholismo de Lautrec y su vida disoluta (tenía sífilis) le llevaron a una gran crisis en 1899, y las pinturas realizadas en el breve período entre su recuperación y su muerte prematura, a los treinta y seis años, son más sombrías de estilo que su obra anterior.

 Henri de Toulouse-Lautrec 
Le buggy (1880)

 Henri de Toulouse-Lautrec
Le Jeune Routy à Céleyran (1882) y Comtesse Adèle de Toulouse-Lautrec, Malromé Chateau (1883)

Henri de Toulouse-Lautrec
Carteles: La Goulue (1891) y Divan japonaise (1893) 

 Un retrato de Toulouse-Lautrec realizado por Edouard Vuillard (1898) y un fragmento del doctor Tapié de Céleyran pintado por Henri (1894)

 Henri de Toulouse-Lautrec
Fragmentos de Yvette Guilbert salut a public (1894) y Femme qui tire son bas (1894)
       

El ideal en el paisaje. De Meifrèn a Matisse y Gontxarova

 
El ideal en el paisaje.
De Meifrèn a Matisse y Gontxarova
Del 13 de julio al 19 de octubre de 2014
Espai Carmen Thyssen (Sant Feliu de Guíxols)

Desde un punto de vista estético, la exposición explica la evolución de la mirada ante el paisaje, así como el cambio en la técnica pictórica a la hora de trasladar las emociones recibidas. Hay un tema recurrente: el paisaje de mar, y sobre todo, el mar como espacio de disfrute, de vacaciones; un concepto del siglo XX. Lo ideal en el paisaje también está representado en los cuadros de montañas o de jardines, como el espacio evocador del paraíso perdido.

El ideal es un estado de perfección absoluta, un modelo que todos pretendemos alcanzar. ¿Pero logramos llegar a la cima o tan sólo nos aproximamos a ella? ¿Creéis que lo ideal es una utopía? El ideal, en estética, es la forma en que un artista recrea la realidad. El artista, a través del ideal estético, observa, plasma y domina la naturaleza. Podríamos decir que la perfecciona conforme a sus aspiraciones. Es la manera que posee para llegar a un estado ideal. El artista, en resumen, alcanza el ideal a través de su creación. Eso ocurre con todos los estilos artísticos, pero el que nos ocupa aquí es el del género paisajístico. El paisaje es un género que pretende plasmar la naturaleza que nos rodea. Esa naturaleza primigenia ha sido representada de diferentes maneras a lo largo de la historia del arte. Depende de cada época y de su tipo de sociedad. La mirada ante el paisaje evoluciona y se transforma con el paso del tiempo: desde que surgió como género independiente en el siglo XVII hasta la actualidad, el paisaje ha ido tomando variedad de formas relacionadas con la propia observación de cada artista.


El ideal en el paisaje. De Meifrèn a Matisse y Gontxarova pretende mostrarnos el desarrollo de la pintura de paisaje desde el siglo XIX hasta nuestros días. Nos hace observar la manera en que los artistas trasladaban al lienzo las emociones que experimentaban ante la naturaleza. Así, en un paisaje naturalista, el artista representaba el paisaje de una manera realista, desmarcándose de la subjetividad del artista romántico y saliendo al exterior a pintar en plen air; en un paisaje impresionista, intentaba captar el instante, la sensación cromática que producía la luz sobre los objetos; en un paisaje expresionista, lo subjetivo volvía a tomar protagonismo e inundaba el lienzo de emociones personales, de sentimientos cercanos a la melancolía neoromántica; y en un paisaje moderno, el artista desata el eclecticismo, va más allá de la imitación de la naturaleza y se pregunta: ¿podemos alcanzar el ideal en el paisaje? 

La exposición se organiza alrededor de tres temáticas que tratan el ideal en el paisaje: el mar como espacio de disfrute, las montañas o los jardines como lugares que evocan el paraíso perdido, y la figura humana que los dota de trascendencia. Estas tres temáticas se desarrollan en su plenitud desde el naturalismo del siglo XIX hasta el arte contemporáneo; y sus pilares centrales, los que ha querido remarcar la exposición, son tres grandes artistas de la pintura: Eliseu Meifrèn, un extraordinario pintor catalán enmarcado entre el naturalismo y el impresionismo; Matisse, que con su técnica pictórica de estilo fauve abre las puertas al expresionismo; y Gontxarova, una importante artista rusa que se inspiró en el primitivismo folclórico para trasladarlo al arte de vanguardia.

Siempre es una alegría el poder asistir a una exposición con obras de la colección Carmen Thyssen. La calidad está asegurada, y el entorno en el que se exponen, también. El Espai Carmen Thyssen de Sant Feliu de Guíxols está ubicado en el antiguo Palacio del Abad del monasterio de Sant Feliu: El monasterio benedictino, junto al mar, fue fundado en la primera mitad del siglo X. Su aspecto de castillo se lo debe a las torres de defensa y vigilancia que la rodean. El Palacio del Abad tenía la función de residencia abacial y aún conserva un aire de casa señorial. El palacio está comunicado con el resto del monasterio por los pasillos que hay en cada piso, tenía acceso directo a la sacristía, a la biblioteca y al camino de ronda que bordeaba la nave de la iglesia. Genial, ¿verdad? Os animo a visitar esta magnífica exposición, en la que encontraréis obras de Jongkind, Boudin, Daubigny, Jozef Israëls, Modest Urgell, Ramon Martí Alsina, Monet, Renoir, Sisley, Gauguin, Matisse, Bonnard, Léger o Walt Kuhn, entre muchos otros. 

El paisaje naturalista

La estética naturalista busca el tratamiento realista del paisaje, pero desmarcándose de la representación de la fotografía de aquel entonces. La expresión de la naturaleza imitada parte del análisis objetivo de la contemplación de los objetos, pero se libera de la pátina romántica que confiere a la mirada la huella anímica, el sentimiento que se despierta en la contemplación subjetiva del paisaje.

Eugène Boudin 
Étretat. El acantilado de Aval (1890) 

Ernest-Ange Duez 
Madre e hija en la playa (1885)

Charles-François Daubigny 
Salida de la luna en las riberas del río Oise (1874)

Stanislas Lépine 
El Sena en el puente de Sèvres (1876-1880)

Edward Henry Potthast 
Escena de playa (1915)

Captar el instante

Los pintores impresionistas captaron tanto la necesidad de una renovación del lenguaje plástico como el hecho del nuevo diálogo con la manera de captar el entorno que ofrecían las teorías de Helmholz. Teorías que iban de la mano con el posicionamiento objetivo y de carácter científico que ya se había iniciado con el desarrollo de la pintura naturalista a plein air y que ahora, con el impresionismo daría un paso más. La pintura para los impresionistas toma como objetivo la experiencia del paisaje condicionada por las disposiciones físicas de nuestra visibilidad subjetiva.

Monet 
Marea baja en Varengeville (1882)

Renoir 
Campo de trigo (1879)

Sisley 
Claro de un bosque (1895)

Hacia el paisaje expresionista

El impresionismo no daba respuesta a los artistas que buscaban una utilización del color basada más en el estudio científico de la composición de la luz. Es lo que conocemos como puntillismo o divisionismo. A principios del siglo XX, como reacción al carácter positivista que tomó la pintura hacia finales del siglo XIX, se inició un nuevo movimiento pictórico, el expresionismo. Nos traslada a una percepción más subjetiva de la realidad, una prolongación del estado de ánimo a la atmósfera que dibuja los espacios, normalmente agitados, inquietos.

Henri-Edmond Cross 
Playa, efecto de tarde (1902)

Henri Manguin 
Las estampas (1905)

Maurice Prendergast 
Arco iris (1905)

Max Pechstein 
Casa en la Kuhrische Nehrung (1909)

Tránsito a la modernidad

La dedicación que la colección Carmen Thyssen hace al arte del siglo XX pone de relieve que en este período lo que se pone de manifiesto en el arte es una transformación de la sensibilidad reflejada más en la exploración del lenguaje plástico que no en la imitación de la naturaleza y lo que se desprende de ella. La diversidad, la convivencia de lenguajes que se han ido desarrollando desde la subjetividad del artista dan lugar a un evidente eclecticismo estético.

Walt Kuhn 
Bañistas en la playa (1915)

Olga Sacharoff 
Paisaje idílico (1953)

Michael Andrews 
Daylesford (1984)

Pissarro: humilde y colosal. Retrospectiva

 
Pissarro
Del 16 de octubre de 2013 al 26 de enero de 2014
CaixaForum (Barcelona)

La primera exposición antológica en Barcelona de Camille Pissarro (1830-1903). Sus escenas rurales, que fueron escuela para tan célebres nombres como Gauguin, Cézanne o Van Gogh, son el eje de esta muestra, que se propone restaurar la reputación de Pissarro no solo como el primer impresionista sino también como maestro de los pioneros del arte moderno.

Pissarro. Figura central del grupo impresionista. Paternal, delicado, emotivo, precioso. Uno de mis pintores favoritos. Emociona su paleta colorida, brillante, de trazos simples y vigorosos, llenos de fuerza y sensibilidad. Pissarro transmite un sentimiento de paz interior; de sosiego, de sencillez y recogimiento. Cuando contemplamos sus obras, nos invade también la nostalgia, y una cierta melancolía por la tranquilidad que inunda sus paisajes. Me imagino algunos de ellos como el paraíso perdido. ¿Pero sabéis qué es lo que también hace de Pissarro un pintor fenomenal? Elevó a la categoría de arte la vida cotidiana de los pueblos rurales cercanos a París. La convirtió en el tema central de sus pinturas. Y no sólo eso: consiguió que nos emocionaran. Un tema tan banal para la mayoría, hasta entonces poco tratado en la historia del arte, que escandalizó a las clases altas de la sociedad. Por suerte, no provocó el rechazo de todos los parisinos. A ellos debemos darles las gracias por haber conservado semejantes tesoros. Unas obras maestras que nos deleitan la vista y nos acompañan en nuestro camino. El camino de la vida. Para Pissarro, el camino era muy importante. Lo utilizaba, en la mayoría de los casos, para dar profundidad y dinamismo al paisaje e invitar al espectador a seguirlo: caminos sinuosos, horizontales o paralelos al lienzo, con desvíos. Como dice Guillermo Solana -comisario de la exposición-, algunos caminos se organizaban como una narración; algunos otros brotaban en libertad. Sus escenas, ya sean rurales o urbanas, siempre transcurren en el camino, o cerca de él.

Pissarro fue el redactor de la carta fundacional del Impresionismo y el único que participó en sus ocho exposiciones colectivas. Su figura, sin embargo, quedó eclipsada por otros pintores que obtuvieron un mayor reconocimiento, como Claude Monet o Pierre-Auguste Renoir. Ahora, por primera vez en España, se ha organizado una exposición monográfica sobre Camille Pissarro (1830-1903). Hasta el 15 de septiembre, estuvo en el museo Thyssen de Madrid. Y ahora se presenta en el CaixaForum de Barcelona hasta el 26 de enero de 2014. Os aconsejo visitarla. A través de sesenta pinturas, podréis disfrutar y conocer la vida y la obra de un pintor memorable, que influyó a artistas de la talla de Cézanne y Gauguin. En su formación pictórica, Pissarro tuvo en cuenta a la Escuela de Barbizon, un movimiento pictórico surgido cerca del bosque de Fontainebleau e integrado por Corot, Daubigny, Rousseau o Courbet, entre otros. Cuando estalló la guerra franco-prusiana en 1870, viajó a Londres, donde se reunió con Monet y aprendió de la escuela paisajística inglesa, principalmente de Turner y Constable. A partir de 1884, conoció a Signac y Seurat, pioneros de la técnica puntillista o neoimpresionista. Pissarro intentó incorporar esta nueva técnica en sus pinturas, pero poco tiempo después volvió a su método inicial. Todas estas influencias marcaron la pintura de Pissarro y pueden verse perfectamente en la exposición. Se unen vida y paisaje. Y lo más importante: modernidad y clasicismo. Sus escenas rurales nos remiten a un mundo tradicional; sus escenas urbanas nos muestran, con todo su esplendor, el progreso industrial.

Para comprender un poco más la figura de Pissarro, os he traído una pequeña muestra de la exposición de manera estructurada, tal y como la veréis si vais a visitarla. Los textos los he extraido de los folletos informativos y los he acompañado con algunas de las pinturas que más me gustan. Si la habéis visto, ¿qué os ha parecido? Estoy segura de que no os habrá dejado indiferentes. Se sale de allí renovado e inspirado. Con la sensación de haber vivido un momento mágico y fascinante.

La paleta del artista con paisaje (1878) 
[Sterling and Francine Clark Institute]

Humilde y colosal, como le llamó su amigo Cézanne, Camille Pissarro (1830-1903) es quizá la figura fundamental del impresionismo y al mismo tiempo la menos reconocida de ese movimiento. Como mentor del grupo, en 1873 redactó los estatutos de la cooperativa de artistas que iniciaría las exposiciones impresionistas, y fue el único pintor que participó en todas ellas, desde 1874 hasta 1886. Pero la carrera de Pissarro sería eclipsada por el inmenso éxito de su amigo Monet. Esta primera retrospectiva del artista en España está centrada en el paisaje, tanto rural como urbano, el género abrumadoramente dominante en la producción de Pissarro. La muestra, que presenta 79 óleos, se articula cronológicamente en función de los lugares donde residió y que inspiraron su pintura, como Louveciennes, Pontoise y Éragny. Las dos últimas salas de la exposición están dedicadas a los paisajes urbanos que pintó en la década final de su vida: sus numerosas vistas de París y Londres, Ruán, Dieppe y El Havre.

ANTES DEL IMPRESIONISMO

En 1857, Pissarro conoce a Corot, que imparte clases informales a un pequeño grupo de alumnos a quienes recomienda salir a pintar al aire libre. Hacia la misma época se inscribe en la Académie Suisse, donde conocerá a Monet y Cézanne. En esta primera sala se muestran algunos ejemplos tempranos de su pintura al natural en lugares próximos a París, como Orillas del Marne (1864), una obra emparentada con la Escuela de Barbizon en la que se refleja la influencia de Corot, Courbet y Daubigny.

Orillas del Marne (1864) 
[Glasgow Museums]

LOUVECIENNES - LONDRES - LOUVECIENNES 
1869-1872

En la primavera de 1869, Pissarro se instala en Louveciennes, donde trabajará con Monet y junto al que forjará el nuevo estilo impresionista. Un año más tarde, al estallar la guerra franco-prusiana, Camille huye de su casa y acaba refugiándose en Londres al igual que otros artistas. En la capital británica, Daubigny le presenta a su futuro marchante Paul Durand-Ruel, y frecuenta a Monet, con quien visita museos donde contempla obras de Turner y Constable. Es un momento decisivo cuya impronta queda patente en lienzos como Dulwich College (1871).

Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve (1870) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

El bosque de Marly (1871) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

Dulwich College (1871) 
[Colección privada]

RETORNO A PONTOISE 
1872-1882

Una vez de vuelta en Francia, el pintor y su numerosa familia residirán en Pontoise durante una larga temporada, caracterizada por constantes dificultades económicas (la venta de sus obras es muy limitada y el artista depende todavía de su madre). Este pueblo cercano a París, en las riberas del río Oise, ofrece a Pissarro un escenario donde se mezclan rasgos puramente rurales con un incipiente desarrollo industrial. Ambos componentes se reflejan en su obra de este periodo.

Entre 1872 y 1874, Pissarro trabaja junto a Cézanne en el área de Pontoise. La influencia entre ambos pintores es recíproca, ya que los dos buscan un nuevo concepto de espacio en sus composiciones yuxtaponiendo bloques de pintura que aislados son casi abstractos, pero que cuando se ven en relación uno con otro poseen formas reconocibles. Un ejemplo de ello es El camino en cuesta de la Côte-du-Jalet (1875).

Campo de coles, Pontoise (1873) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

El camino de Énnery (1874) 
[Musée d'Orsay]

El camino en cuesta de la Côte-du-Jalet, Pontoise (1875) 
[Brooklyn Museum of Arts]

LOS CAMPOS DE ÉRAGNY 
1884-1903

A partir de 1884, la localidad rural de Éragny-sur-Epte, a dos horas de París, será el último lugar de residencia permanente de Pissarro. Allí su pintura se concentrará en los huertos y prados adyacentes a su casa, con los árboles frutales como principales protagonistas. En 1885, los jóvenes pintores Seurat y Signac, simpatizantes del movimiento anarquista como Pissarro, crean un nuevo método para prolongar la investigación impresionista. Su deseo de renovación le conducirá a experimentar con el neoimpresionismo o puntillismo, que no obstante terminará abandonando hacia 1890.

El huerto en Éragny (1896) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

Prados de Éragny, el manzano (1894) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

EN LAS CIUDADES

Durante los años de Éragny, como para compensar su creciente aislamiento campestre, el artista se concentrará cada vez más en el paisaje urbano. Las dos últimas salas de la exposición recogen las vistas de París, Londres, Ruán, Dieppe y El Havre que realizó en la última década de su vida, coincidiendo con el momento en que por fin empieza a disfrutar el éxito comercial. A partir de 1891, a causa de una enfermedad ocular, Pissarro no puede trabajar mucho tiempo fuera de casa y se ve obligado a pintar desde la ventana de su estudio o de las habitaciones de hoteles, realizando fascinantes series de París a vista de pájaro: la Avenue de l'Opéra, el Boulevard Montmartre, el Louvre y el Jardín de las Tullerías, entre otras. Junto a este nuevo interés por la capital, Pissarro dedicará su obra más tardía a las ciudades portuarias de Normandía. Durante sus cuatro estancias en Ruán plasma numerosas vistas de los puentes. Atraído por la efervescencia y actividad de los puertos, con más de setenta años viajará puntualmente a Dieppe y El Havre para pintar escenas de la modernidad.

Boulevard de Montmartre, mañana de invierno (1897) 
[Metropolitan Museum of Arts]

El puente de Charing Cross, Londres (1890) 
[National Gallery, Praga]