Herejías medievales (Parte III)


A finales de la Edad Media aparecieron dos herejes que podemos considerar los precursores de las tendencias religiosas de la Edad Moderna. Uno de ellos fue John Wyclif, el primer gran hereje de Inglaterra que ofreció una alternativa a las doctrinas de la Iglesia católica.

John Wyclif

Wyclif fue doctor de teología en la Universidad de Leicester y catedrático de Oxford. Sus ideas también iban dirigidas hacia la crítica de los excesos del clero y de la riqueza de la Iglesia. Para él, la verdadera Iglesia estaba formada por escogidos que debían practicar la pobreza y la humildad. Rechazaba el papel intercesor del clero y predicaba que ni la Iglesia ni sus ministros eran necesarios como intermediarios para entender las Sagradas Escrituras. Creía que Dios era un ser eterno omnisciente conectado con el mundo que había creado. La Bíblia era el libro sagrado que contenía la verdadera palabra de Dios, el reflejo de su voluntad. El éxito de Wyclif también residió en sus ideas políticas, que le ayudaron a ganarse el apoyo de los poderes seculares de Inglaterra: decía que el clero debía estar subordinado al rey, y la Corona era la más adecuada para llevar a cabo la reforma de la Iglesia: el poder secular estaba otorgado por Dios. El rechazo que sentía por la Iglesia terrenal, a causa de su desviación de las enseñanzas de los Evangelios y de la acumulación de riquezas y de poder, demuestra la importancia que para Wyclif tenía la Bíblia y la Iglesia primitiva. Lo que marcó el paso de reformador radical a hereje fue su doctrina sobre la Eucaristía: Wyclif rechazaba el principio de la transubstanciación, es decir, la conversión del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en la sangre de Cristo. Para Wyclif, la sustancia del pan y del vino continuaban estando presentes tras la consagración, sin que el cuerpo ni la sangre de Cristo lo fueran físicamente, sino tan sólo figurativamente -consubstanciación-. Este hecho fue el principal que lo llevó a ser condenado por hereje. Sus seguidores, llamados lolardos, aparecieron entre sus partidarios de Oxford y adoptaron la doctrina sobre la Eucaristía predicada por Wyclif. Hacia 1382 se tomaron medidas contundentes para suprimir este movimiento. Los lolardos sobrevivieron clandestinamente hasta el siglo XV.



Jan Hus

El movimiento reformista de Jan Hus se inició en Bohemia -se convertiría en el inspirador de la Iglesia nacional checa-. En Bohemia, la Iglesia había llegado a un punto tal de poder que era el mayor terrateniente, superando incluso las posesiones del rey. Jan Hus era un teólogo e intelectual que había oído hablar de las enseñanzas de Wyclif. Su doctrina había llegado a Bohemia gracias a la relación existente entre la Universidad de Oxford y la de Praga. Como también lo había sido el teólogo de Leicester y Oxford, Jan Hus se convirtió en el líder del movimiento reformista checo, precursor de los reformadores del siglo XVI. También criticaba el excesivo poder acumulado por la Iglesia terrenal e insistía en que la verdadera Iglesia era invisible. Negaba que el Papa fuera el sucesor directo de Pedro y que el Papado no era divino, sino una institución humana. Fue condenado por hereje por su concepción de la verdadera Iglesia como una asociación de escogidos. Cristo era el líder de la Iglesia y no el Papa. La reforma que él había iniciado, conocida como la reforma husita, continuó tras su muerte en la hoguera, conduciendo a la revolución. Su radicalismo llevó a una guerra abierta que acabó en 1436 con la derrota husita y taborista -su ala radical-.

Con la supresión de este movimiento llegamos al final de las herejías medievales y entramos en un período seguramente igual de turbulento, influenciado por estas ideas de reforma, con la aparición de las doctrinas de Lutero y las guerras de religión de la Edad Moderna.
          

Herejías medievales (Parte II)


Continuamos el repaso por algunas de las herejías más importantes de la Edad Media. En esta ocasión, hablaré un poco de los Apostolici y de las beguinas, y trataré uno de los movimientos más interesantes y más difíciles de erradicar: los cátaros. Debido a la extensión, cerraré el resumen en una tercera parte con los herejes de finales de la Edad Media: John Wyclif y Jan Hus.

El catarismo

Podemos considerar a los cátaros como el movimiento hereje más conocido, más mitificado y más estudiado de la época medieval. El catarismo ha originado una cantidad ingente de literatura, por la atracción que suponían sus rituales secretos de iniciación y sus creencias, tan radicales para mucha gente. Pero no más radicales que las de los bogomilos, de los cuales extrayeron buena parte de sus doctrinas.

El catarismo empezó cuando los misioneros bogomilos llegaron a Europa occidental, difundiendo así su creencia, que fue adoptada por los cristianos, principalmente en Francia. Como adoptaron una doctrina dualista, pensaban que el mundo terrenal había sido creado por el diablo, por un dios maligno. Por eso tenían prohibidos los placeres terrenales; no bebían leche ni comían nada que fuera resultado de un acto sexual. También rechazaban el agua del bautismo porque estaba contaminada, y tenían prohibido el matrimonio. Practicaban, como los bogomilos, una cristología docetista, por la cual Cristo sólo había sido encarnado aparentemente, y no de manera real. Vivían de forma sencilla y se mostraban críticos con la ostentación del clero. El catarismo, no osbtante, también creó una estructura jerárquica. Al frente de las iglesias cátaras había los obispos, que administraban el consolamentum, un ritual que elevaba al creyente ordinario al rango de perfectus. Los perfectos, tanto hombres como mujeres, constituían el orden sacerdotal de la Iglesia cátara y adoptaban una vida de pobreza y de castidad. En un rango inferior se encontraban los laicos que profesaban el catarismo y ayudaban a los perfectos en cuestiones como el alojamiento, la protección personal o la asistencia en sus sermones.

  La cruzada albigense

Los cátaros también recibieron el apoyo o, al menos, los toleraban o simpatizaban con su causa, de algunos nobles de la zona de Toulouse y del Languedoc. Este fue el caso de Ramón VI, conde de Toulouse. Aunque profesaba la fe católica y había demostrado su apoyo a la Iglesia oficial, adoptó una actitud pasiva frente a la herejía cátara, dejando que predicaran tranquilamente por sus posesiones. Este hecho difundió las sospechas de que Ramón pudiera ser simpatizante de la causa cátara o que fuera uno de ellos. Un legado personal del Papa, Pere de Castelnau, lo invitó a que se uniera a una liga que había creado con otros nobles contrarios al catarismo, pero Ramón se negó. Ahora sí que parecía clara su vinculación con los herejes. La respuesta de su excomunión no tardó en llegar. No obstante, éste no sería el único problema: en 1209, el Papa Inocencio III, con el fin de erradicar la herejía en el sur de Francia, convocó una cruzada -conocida como la cruzada albigense-. El éxito de esta convocatoria fue inmediato. Los caballeros franceses se alistaron con la finalidad de obtener recompensas espirituales y adquirir tierras en el sur si acaban con la herejía. Mientras el conde Ramón intentaba conseguir de nuevo el favor del Papa, la difusión de la cruzada, a la que también se unieron los monjes cistercienses, aumentaba considerablemente. El 22 de julio tuvo lugar uno de los episodios más sangrientos de la cruzada: la masacre de cátaros en la ciudad de Béziers. Seguidamente, y tras un asedio de dos semanas, caía uno de los bastiones cátaros más emblemáticos, Carcasona. El mando de la cruzada recayó ahora en Simón de Montfort, conde de Leicester y vizconde de Béziers y de Carcasona. Simón de Montfort había participado en la Cuarta Cruzada a Tierra Santa y ahora parecía un líder claro e importante en la erradicación de la herejía. Pero fue precisamente la ciudad de Toulouse la que rechazó su autoridad. Por eso, en 1217, se inició un asedio, en el cual Ramón VI tuvo un papel importante en la defensa de la ciudad en contra de las pretensiones de Montfort. El asedio duró nueve meses, en el transcurso de los cuales murió Simón de Montfort. Con el asedio de Toulouse se puso fin a la primera fase de la cruzada albigense.

  El bastión cátaro por excelencia: Montségur

Evidentemente, la cruzada no erradicó la herejía. Los cátaros continuaron predicando sus creencias y, por lo tanto, la Iglesia tuvo que intensificar aún más los ataques en contra de la herejía: hacia el 1230, la aparición de la Inquisición confinó a los cátaros a la clandestinidad. Y junto con la pérdida de apoyo de la nobleza, el movimiento inició un declive progresivo. La toma de Montségur en 1244 y el asesinato de los perfectos cátaros que allí residían significó el principio del fin de la herejía. El catarismo, no obstante, experimentó un leve renacimiento a principios del siglo XIV con Pierre Autier, considerado el último misionero cátaro más importante, y sus seguidores. Predicaron una corriente dualista radical del catarismo que, en ocasiones, se alejaba de las creencias cátaras anteriores. En 1310, Pierre Autier fue condenado por hereje por los inquisidores Bernard Gui y Geoffrey d'Abis, y quemado en la hoguera. El catarismo había llegado a su fin. No obstante, ésto no significó la supresión de la herejía en Europa. Existieron más grupos o movimientos que seguían una tendencia dualista y criticaban ardientemente el estamento eclesiástico.

Los Apostolici

Los Apostolici, liderados por fra Dolcino, fueron una de esas herejías radicales, surgidas en Italia, que se oponían violentamente a la Iglesia de Roma. Llevaban una vida de pobreza absoluta y evangelización, rechazaban al clero y a los Sacramentos y difundían doctrinas antisacerdotales. Sus influencias procedían de los Franciscanos Espirituales, la pobreza de los cuales tomaron de forma extremista, y de Joachim de Fiore, un monje calabrés que acabaría siendo considerado un hereje por sus ideas proféticas y escatológicas. Fra Dolcino, tomando como bases esas ideas, anunciaba profecías, según él inspiradas por Dios, como la próxima destrucción de la Iglesia corrupta y su entronización como Papa de la cristiandad. Aunque muchas de las profecías que predicó no se cumplieron, Dolcino continuó teniendo mucho seguidores devotos. El movimiento llegó incluso a unos extremos violentos considerables: se dedicaron a destruir diversos pueblos y a profanar las reliquias de las iglesias. Finalmente, Dolcino fue encarcelado, torturado y su cuerpo desmembrado. Sus seguidores más próximos también fueron ejecutados. No obstante, la herejía pervivió clandestinamente hasta el siglo XV.



Las beguinas

Otro caso lo encontramos en un movimiento femenino, el de las beguinas, surgido a finales del siglo XII en Lieja. Las beguinas eran aceptadas por la jerarquía eclesiástica y disfrutaban de una cierta popularidad. Vivían solas o en pequeñas comunidades, llevaban una vida de pobreza apostólica y de castidad, y pedían a la Iglesia que respondiera sobre sus demandas espirituales. Una de las beguinas más importantes fue Marguerite Porete. Entre 1296 y 1306, escribió «El Espejo de las Almas Simples», momento en que empezó a llamar la atención de la Iglesia. En este libro, Marguerite exponía sus ideas sobre la vía mística para llegar a Dios. Era un manual que ofrecía orientación espiritual a los creyentes individuales y un tratado místico que exploraba la relación entre el amor humano y el divino y su capacidad para llevar al alma a una unión con Dios. Diversos eruditos, como el frasciscano Juan de Quaregnon, declararon que la obra no podía ser considerada como herética  -incluso, en el siglo XIV, se hicieron numerosas traducciones y ediciones-. ¿Por qué, entonces, fue ejecutada por hereje? Una de las causas fue su negativa a responder a las preguntas del inquisidor y a defender a ultranza sus doctrinas. Otra fue el temor de la Iglesia por el surgimiento y consolidación de las herejías generalizadas. Su ejecución la podríamos considerar una injusticia: Marguerite no se declaraba abiertamente hostil hacia la Iglesia, como lo habían hecho otros movimientos, ni proponía ninguna doctrina contraria ni radical a la oficial. No obstante, su condena respondía al clima de desconfianza que había poseído a la Iglesia desde el resurgimiento de las herejías en el siglo X.
        

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Herejías medievales (Parte I)


Ya está disponible en La Espada en la Tinta mi nueva reseña. En este caso, no se trata de una novela, como es habitual, sino más bien de un manual de historia medieval, ameno y muy interesante: "Los herejes. De Bogomilo y los cátaros a Wyclif y Hus", de Michael Frassetto. He aprovechado esta reseña para desarrollar aquí un poco más el tema de las herejías medievales. En la segunda parte, cerraré el resumen del libro con los cátaros, los Apostolici, las beguinas, John Wyclif y Jan Hus.

Desde que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, la Iglesia pudo, tras tantos años en la clandestinidad, ejercer de manera lícita sus creencias. Sus fieles seguían unos dogmas y unas doctrinas extraídas de las Sagradas Escrituras que constituían el modelo de una vida recta y piadosa. Los textos enseñaban al cristiano la buena manera de proceder para llegar a la salvación y a la vida eterna. Como cualquier otra religión, la institución oficial que ostentaba el poder religioso -en este caso, la Iglesia- guiaba a sus fieles en el camino de la buena interpretación de la palabra de Dios. Lo hacía mediante la oratoria que impartían los sacerdotes en un recinto sagrado. La fidelidad a las enseñanzas que Dios había transmitido cuando se encontraba entre los hombres eran la base a seguir de la doctrina cristiana. La dificultad residía en el hecho de que estas escrituras podían ser reinterpretadas. La Iglesia oficial había impuesto la doctrina que creía correcta y la gran mayoría de creyentes la seguían fielmente. Una minoría, no obstante, vio en las prácticas litúrgicas hechos que, desde su punto de vista, no se ajustaban a lo que realmente decían los textos sagrados.

El bogomilismo

El primer gran hereje medieval, Bogomilo, apareció en la Bulgaria del siglo X. La cristianización de los búlgaros ya había empezado durante el reinado del rey Boris I, a mediados del siglo IX, pero no fue hasta el gobierno del rey Simeón I, en tiempos del Primer Imperio Búlgaro, cuando se promovió una Iglesia ortodoxa búlgara independiente. Bogomilo se dio cuenta de la corrupción de los monjes, del clero bizantino y de la jerarquía búlgara que había accedido al poder. La depravación de la vida monástica, y el comportamiento de sus miembros, fue un factor clave del éxito del movimiento iniciado por Bogomilo, un sacerdote de pueblo que debería haber iniciado su predicación en la comunidad en la que vivía. Sus seguidores pronto formarían un movimiento que se conocería como bogomilismo.

El bogomilismo fue una fe dualista. El dualismo suponía la existencia de dos dioses: uno bueno y otro malo. Para ellos, el diablo había sido el creador del mundo y, como consecuencia de este hecho, el mundo terrenal era maligno: hacía falta rechazar los placeres físicos y materiales. Los dos dioses no eran seres equivalentes y eternos, sino que el diablo también era un ser creado o subordinado a otro dios, que era el verdadero. Esta creencia era conocida como dualismo mitigado. El bogomilismo patrocinaba una vida de pobreza y celibato; una vida monástica. Lo más significativo, o el hecho que más los apartaba de la Iglesia oficial ortodoxa, era que negaban la validez de los Sacramentos -como el agua del Bautismo o el pan y el vino de la Eucaristía-. Como eran elementos que procedían del mundo terrenal y, por lo tanto, creados por el diablo, no eran ni dignos ni convenientes para el culto. Los bogomilitas creían en un Dios celestial, no humano: el cuerpo de Cristo no había sufrido la crucifixión, porque no era real; tan sólo era aparente. De esta manera, Cristo no había nacido de la Virgen ni había tomado carne mortal -a esta creencia se la llama cristología docetista-. Era inaceptable, así pues, venerar la reliquia de la cruz y aceptar los milagros de Cristo; era el diablo quien realizaba los milagros para engañar a la humanidad. También rechazaban a los profetas y a los santos venerados por la Iglesia ortodoxa porque creían que el diablo estaba asociado con el Dios del Antiguo Testamento. Sólo tenían en cuenta las enseñanzas del Nuevo Testamento y las doctrinas de Cristo, las cuales consideraban puras y verdaderas. Incluso predicaron que Juan el Bautista era el precursor del Anticristo.

Aunque la figura de Bogomilo es oscura, por los pocos datos que se tienen de él, fue el iniciador de las grandes herejías que surgirían poco tiempo después en Europa. La versión de la fe cristiana que predicaba atrajo a muchos búlgaros; y el rechazo hacia la Iglesia establecida no sólo dejó una fuerte impresión en Bulgaria, sino también en el continente europeo. Tanto el dualismo como la crítica de la jerarquía eclesiástica señalaron el resurgimiento de la herejía a lo largo del Mediterráneo y anunció su reaparición en la Europa latina por primera vez desde la Antigüedad.

Esteban y Lisois

Una de esas herejías apareció en Orleans durante el siglo XI. Esteban y Lisois eran dos canónigos respetables que predicaban, secretamente, doctrinas influenciadas por el bogomilismo. En su secta -un círculo elitista de clérigos- era primordial la revelación, a través de la cual llegaban al verdadero conocimiento de la palabra de Dios, y la imposición de manos -ritual de iniciación de origen bogomilita y transmitido con posterioridad a los cátaros-. También rechazaban los Sacramentos y las enseñanzas de la Iglesia, y practicaban una doctrina docetista. Para ellos, el Bautismo no limpiaba el alma del pecado, y la Eucaristía era inútil. Un vasallo del duque Ricardo II de Normandía, Arefast, fue el que descubrió esta secta, al infiltrarse como miembro.

Como tantas otras herejías, Esteban y Lisois propagaban una visión personal de las escrituras sagradas que se alejaba de la Iglesia tradicional, a la que criticaban su interpretación errónea. Esteban y Lisois fueron depuestos de su cargo y, junto con los otros miembros de su secta, quemados en la hoguera. Se eliminaban así los primeros rastros del resurgimiento de la herejía. No obstante, ésto sólo reflejaba el inicio de las prácticas heréticas en Europa, que volverían a aparecer con fuerza durante el siglo XII y serían aún más dramáticas sobre la religión y la sociedad medieval.


Enrique el Monje

Según Michael Frasetto, Enrique el Monje fue el auténtico fundador de una alternativa cristiana. Muchas de sus ideas se encontraban en el movimiento de Reforma Gregoriana, el partidario más enérgico de la cual fue el papa Gregorio VII. Era evidente que, desde hacía muchos años, la Iglesia necesitaba una renovación espiritual: hacía falta volver a implantar una vida acorde con lo que decían los Evangelios y luchar contra los grandes vicios de la Iglesia, entre los que destacaban la simonía, es decir, la compra-venta de cargos eclesiásticos; y la poca ejemplaridad del clero. Era necesario volver a la pobreza apostólica y a la pureza sexual o celibato.

Enrique el Monje empezó a predicar en Le Mans esos excesos del clero y a difundir un mensaje anticlerical. En 1135 se encontraba en Arles, y en 1139 en el Languedoc. Era un predicador errante, poseedor de un espíritu reformista y grandes dotes retóricas. Como los bogomilos, también rechazaba la doctrina de los Sacramentos, pero no era tan radical como aquellos: para él, el problema residía en el hecho de quién era la persona que los administraba; por ejemplo, en la Eucaristía. Enrique el Monje quería eliminar el papel intermediario del sacerdote. En el matrimonio tampoco hacía falta un intermediario para dar validez al acto sagrado; tan sólo hacía falta el consentimiento de las dos personas implicadas. El Bautismo, según él, no se justificaba porque el niño no había llegado a la edad de pensar por sí mismo y no podía aceptar libremente la fe ni ser responsable de los pecados que pudiera haber cometido. Evidentemente, si criticaba la intermediación de un sacerdote para la administración de los Sacramentos, Enrique el Monje también era contrario de la confesión. Defendía que los pecados debían confesarse mutuamente, como se hacía en tiempos de la Iglesia primitiva -incluso rechazaba las iglesias como lugar de reunión-. Enrique intentaba crear una nueva interpretación de la fe basada en los Evangelios y en las enseñanzas de Jesús. Exigía una reforma moral del clero, para que vivieran de manera apostólica y no acumularan riquezas ni obtuvieran beneficios económicos.

En 1135, durante el Concilio de Pisa, fue condenado por herejía y confinado en un monasterio, del cual salió diez años más tarde para ir al Languedoc -una región que se convertiría en la protagonista de una de las herejías más difíciles de erradicar del siglo XII, el catarismo-. Su vuelta a la actividad culminaría hacia el 1145, cuando finalmente fue capturado de nuevo y encarcelado, muriendo poco tiempo después. Las predicaciones de Enrique el Monje rebelan un fuerte trastorno de insatisfacción con la Iglesia y sus representantes. La denuncia de los excesos del clero y el rechazo de algunas de sus doctrinas influenciarían a nuevos herejes aparecidos a finales del siglo XII bajo unas nuevas condiciones culturales, sociales y políticas. Será ahora, durante la segunda mitad del siglo XII, cuando aparecerían los movimientos heréticos más importantes de la Edad Media.


Los valdenses

El movimiento valdense apareció en Lyon. Su líder era Valdo, un comerciante católico y practicante, casado y con dos hijas. Un día recibió el consejo de un amigo que le decía que si quería vivir de acuerdo con Dios debía vender sus bienes y darlos a los pobres; de esta manera iría al cielo. Valdo se lo tomó al pie de la letra. Distribuyó sus posesiones entre los pobres y empezó una vida de pobreza apostólica. Sus ideales eran los de pobreza y predicación, lectura de los Evangelios y crítica de los excesos del clero. Sus seguidores -llamados los pobres de Lyon- aspiraban a una existencia a imitación de la de Cristo. De hecho, Valdo, aunque sus creencias no se ajustaban exactamente a las de la Iglesia oficial, siempre quiso la aprobación de la alta jerarquía eclesiástica.

Valdo creía en la Trinidad y en Dios como creador de todas las cosas. Aceptaba el Antiguo y el Nuevo Testamento y la doctrina de los Sacramentos. Por estos motivos se oponía a los cátaros, que predicaban una fe dualista. Debido al auge de los valdenses, se convocó un concilio en Lyon, donde Valdo profesó su fe y se aprobó la ortodoxia del grupo. El problema fue que pronto se produjo la ruptura: parece ser que continuaron predicando en exceso y algunos de los miembros del grupo se volvieron demasiado radicales, predicando sermones anticlericales e incluso adoptando influencias cátaras. Todo esto acabó por provocar la ruptura definitiva con la Iglesia católica y un cambio de orientación hacia las herejías: a partir del decreto Ad abolendam de 1184, el proceso de supresión y eliminación de las herejías pasaría a ser administrado centralmente, y ya no competiría a los obispos locales. La implantación de la Inquisición y el patrocinio de la Cruzada albigense serían los testimonios más feroces de la persecución de las disidencias a partir de este momento. Valdo fue excomunicado, pero el movimiento valdense, que cada vez tenía un crecimiento más espectacular, continuó predicando sin el permiso de la Iglesia. Al final de su vida, Valdo vio como sus "pobres" adoptaban posturas claramente heréticas y agresivas contra el clero, al contrario de lo que él había predicado desde un inicio. Siempre quiso reconciliarse con la Iglesia y devolverla a su pureza evangélica. Prueba de ello fue su compromiso con la doctrina cristiana y su lucha contra los cátaros, a los que consideraba como sus enemigos.