Los impresionistas están de moda: exposiciones temporales


Si os gusta el impresionismo y el post-impresionismo... ¡estáis de enhorabuena! Porque se avecinan tres exposiciones que harán las delicias de todos los amantes de la pintura del siglo XIX y de principios del siglo XX. En realidad, no sólo para los que les guste ese género pictórico en concreto, sino para todos los que tengan una inquietud estética y les guste la pintura. El museo Thyssen-Bornemisza de Madrid inaugura, el próximo 5 de febrero, Impresionismo y aire libre. De Corot a Van Gogh, y el 4 de junio la primera exposición monográfica en España dedicada a Camille Pissarro (1830-1903). Pero eso no es todo: la Fundación Mapfre inaugura, el 2 de febrero, Impresionistas y post-impresionistas. El nacimiento del arte moderno. Obras maestras del Musée d'Orsay. Interesantes, ¿verdad? Se acerca una primavera plenamente impresionista. ¡No la dejéis escapar! Aquí tenéis los datos necesarios:


Impresionismo y aire libre.
De Corot a Van Gogh
Del 05 de febrero al 12 de mayo de 2013
Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid)

Analizar el papel de la pintura al aire libre como motor de la renovación plástica del siglo XIX es el objetivo principal de esta exposición. En general, tendemos a relacionar la pintura al aire libre con el impresionismo pero, cuando Monet, Renoir, Sisley o Pissarro empezaron a exponer sus obras en el estudio del fotógrafo Nadar, en 1874, la pintura en plein air llevaba ya casi un siglo de desarrollo. Los estudios al aire libre constituyeron, de hecho, parte fundamental de la formación del pintor de paisajes desde fines del siglo XVIII. Más tarde, convertida en eje del naturalismo, su potencialidad renovadora se extendió hasta finales del siglo XIX. La muestra reunirá alrededor de 100 obras en un arco cronológico que va desde 1780 hasta 1900, aproximadamente; desde los iniciadores del paisaje al aire libre, como Pierre-Henri de Valenciennes y Thomas Jones, a artistas como Turner, Constable, Corot, Rousseau, Courbet, Daubigny y todos los grandes maestros del impresionismo, hasta llegar al cambio de siglo con Van Gogh o Cézanne, entre otros muchos nombres imprescindibles.

Eugène Boudin 
Étretat. El acantilado de Aval (1890)

Vincent Van Gogh
Paisaje bajo un cielo agitado (1889)

Cézanne 
Granja en Normandía (1882)


Pissarro
Del 04 de junio al 15 de septiembre de 2013
Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid)

En el verano de 2013, el Museo Thyssen-Bornemisza presentará la primera exposición monográfica en España del pintor impresionista Camille Pissarro (1830-1903). Figura fundamental del Impresionismo -fue redactor de su carta fundacional y el único que participó en las ocho exposiciones impresionistas, de 1874 a 1886-, quedó sin embargo eclipsada por la gran popularidad de sus amigos y compañeros, principalmente Claude Monet. Con más de 70 obras, esta exposición buscará restaurar su reputación, presentándolo como uno de los grandes pioneros del arte moderno. El paisaje, género que domina en su producción, centrará el recorrido de la muestra, visitando cronológicamente los lugares donde residió y pintó: pueblos como Louveciennes, Pontoise y Éragny, pero también ciudades como París, Londres, Rouen, Dieppe y Le Havre, pues, aunque su obra se asocie habitualmente a la vida rural, a la que dedicó más de tres décadas, en sus últimos años se trasladó al medio urbano, y su producción de entonces está dominada por las vistas de ciudades. La exposición está comisariada por Guillermo Solana y se presentará posteriormente en la sede de CaixaForum en Barcelona.

Pissarro 
Camino de Versalles, Louveciennes (1870)

Pissarro 
Campo de coles, Pontoise (1873)


Impresionistas y post-impresionistas.
El nacimiento del arte moderno.
Obras maestras del Musée d'Orsay
Del 02 de febrero al 05 de mayo de 2013
Fundación Mapfre (Madrid)

El impresionismo tuvo su punto de partida en 1874 cuando un numeroso grupo de artistas desafió el Salón oficial de París con una muestra paralela de artista reunidos bajo el nombre de Sociedad Anónima de pintores, escultores y grabadores. El grupo de impresionistas se reunió hasta en ocho ocasiones para celebrar su nuevo arte. La última de estas citas, la exposición de 1886, es el punto de partida de esta nueva cita del público madrileño con el Museé d'Orsay. De esta prestigiosa pinacoteca provienen las 80 obras con las que la Fundación Mapfre nos invita a conocer la evolución del impresionismo y el postimpresionismo. En este trazado del arte de aquellos años la muestra hace paradas en los trabajos de Renoir en torno a las bañistas, el constructivismo de Cézanne, el retrato de los bajos fondos del genial Toulouse-Lautrec, la huida de Gauguin y sus amigos a Bretaña, la creación del grupo de los Nabis, con Serusier, Maurice Denis, Bonnard o Vallotton y la locura de Van Gogh en Arles. Todos ellos grandes momentos de la historia del arte que harán de esta muestra una de la más importantes de este año. (Información extraída de Fotoblog).

Monet 
Londres, el Parlamento (Vista del sol entre la niebla) (1904)

Renoir 
Las bañistas (1919)

Westwood, de Stella Gibbons


Ya está disponible en La Espada en la Tinta mi nueva reseña: Westwood, de Stella Gibbons (1902-1989), una novela ambientada en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que la edición de Impedimenta es una maravilla -la portada ya atrae por si sola, sin necesidad de leer el argumento-, la novela no atrapa al lector. Le falta algo de vivacidad en su prosa, algo de gracia y fuerza literaria.

Stella Gibbons (1902-1989) fue una de las grandes novelistas inglesas del siglo XX. La mayoría la recordaréis por su obra más célebre y popular, «La hija de Robert Poste», una novela ingeniosa y divertida, ganadora del Premio Fémina en 1934 –uno de los grandes premios literarios franceses–. En ella parodiaba el pesimismo rural de su compatriota Thomas Hardy (1840-1928), el autor de «Tess, la de los D'Urbervilles» o «Los habitantes del bosque»; novelas con desenlaces desafortunados en las que el destino de sus protagonistas se veía truncado por las imposiciones sociales. Esas diferencias de clase, no obstante, aún se percibían claramente en las novelas de principios y mediados del siglo XX, aunque poseían un matiz diferente, no tan arraigado en la tradición. En «Westwood» también lo veremos: la desigualdad aparece como un trasfondo constante de los acontecimientos, indisoluble del período histórico en que se sitúa.

Compras literarias (2)


Antes que nada quisiera desearos a todos un feliz año nuevo. Disculpad que no lo haya hecho antes. Espero que hayáis tenido unas buenas fiestas navideñas y que este año se presente, en todos los aspectos, mucho mejor que el anterior. Que tengamos salud y que se nos cumplan, al menos, algunos de nuestros deseos. Yo, por mi parte... ¡intentaré actualizar más a menudo el blog!

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El pasado mes de agosto decidí mostraros los últimos libros que había comprado o me habían regalado. Como me gustó la experiencia, quiero continuarla. Así que hoy os traigo los libros que han engrosado mis estanterías en los últimos cuatro meses. Intento moderarme tanto como puedo, y cada vez soy más selectiva. No me gusta tener una pila considerable de libros sin leer, aunque al final siempre resulta inevitable. En esta pequeña selección vuelven a predominar los clásicos. Por ejemplo, los clásicos alemanes: Penas del joven Werther es un título imprescindible que quería tener desde hace tiempo. Me entusiasmó la primera vez que lo leí, y quiero releerlo en cuanto pueda. Es una novela que influenció considerablemente en la literatura del Romanticismo y en la sociedad de su época. Y para entender mejor este movimiento, he comprado La escuela romántica, un ensayo escrito por Heinrich Heine -considerado el último poeta alemán del Romanticismo-.
  • Penas del joven Werther, de J. W. Goethe: las trágicas desventuras de Werther inspiraron toda una moda juvenil: el modo de amar y de expresarse, trajes y complementos a imitación de los que llevaban los protagonistas, objetos de adorno e incluso perfumes supuestamente cautivadores; pero también llevó a algunos jóvenes al suicidio, desengañados por amores imposibles. Desde el momento de su publicación se convirtió en un superventas y en un clásico entre la juventud europea, tan ávida de rebeldía y libertad, provocando un gran escándalo al proclamar la supremacía de los sentimientos sobre la razón, así como de la pasión erótica idealizada sobre el sagrado vínculo matrimonial. Con esta obra, Goethe alcanzó en vida la inmortalidad del artista, del genio.
  • La escuela romántica, de Heinrich Heine: es un texto combativo y de elevado tono polémico. Imbricado de forma inequívoca con la agitada situación política europea del primer tercio del siglo XIX, este libro escrito en una prosa moderna, directa y casi periodística, caracterizada por un estilo incisivo e impregnado de humor, supuso un acertado análisis de este movimiento por parte de quien se declaraba «su último poeta». Como primer moderno, sin embargo, y espoleado por su excepcional clarividencia, Heine adoptó asimismo en esta obra un lúcido posicionamiento en contra del mismo en cuanto corriente reaccionaria y conservadora, valedora del absolutismo, y en favor de una literatura y un arte comprometidos con el espíritu de su época. 


Émile Zola es un escritor que me encanta. Ya había leído su artículo Yo, acuso, escrito para el diario L'Aurore en 1898, en el que defendía al capitán Alfred Dreyfus de unas falsas acusaciones. Pero no fue hasta que leí El paraíso de las damas que me cautivó totalmente. Además, ese sentimiento se incrementó al ver la serie de la BBC, The Paradise, estrenada a finales del año pasado y basada ligeramente en esta novela de Zola, quizá la más rosa de la serie Los Rougon-Macquart. Zola volvió a cautivarme hace poco con Naná, su obra maestra; una novela extraordinaria, la mejor representante del naturalismo literario. Así que, indudablemente, voy a sumergirme aún más en la prosa de este gran escritor francés; y por ello, empezaré por el principio, con el primer volumen de la serie Los Rougon-Macquart: La fortuna de los Rougon.

También es sabida la afiliación de Zola con el movimiento impresionista y, sobre todo, con el pintor Édouard Manet, uno de sus precursores. Manet siempre buscó el reconocimiento oficial, pero su pintura, por transgresora para la época, no era aceptada en los Salones de París que organizaba la Academia de Bellas Artes. Émile Zola quiso defender a su amigo de las duras críticas que recibía. Esta edición de la editorial Abada recopila los escritos que Zola dedicó a la defensa pública de Manet.
  • La fortuna de los Rougon, de Émile Zola: situada en los revueltos tiempos que marcaron la efímera experiencia de la III República francesa, «La fortuna de los Rougon», primer volumen de la extensa serie conocida como «Los Rougon-Macquart», establece el origen de esta frondosa saga y narra el ascenso social de la rama de los Rougon a favor de los vendavales políticos y la instauración del imperio.
  • Escritos sobre Manet, de Émile Zola: los escritos que Émile Zola dedica a la defensa pública del pintor Manet se extienden desde 1866 hasta 1884, constituyéndose en una atalaya privilegiada para apreciar en todos sus matices cómo el pintor va introduciéndose en «el mundo del arte» y cómo éste va transformándose a lo largo del siglo XIX.


Hace mucho tiempo que quería leer a Fernando Pessoa. Empecé a tener el gusanillo por su obra a medida que iba leyendo una serie de cómics -que os recomiendo encarecidamente- de Dupuy y Berberian, El señor Jean. El protagonista era un entusiasta de este escritor portugués. Así que poco a poco tuve ganas de leer algo suyo. La oportunidad la tuve hace escasos meses, cuando la editorial Austral empezó a publicar unas nuevas ediciones en bolsillo, baratísimas, de algunos clásicos de la literatura. Entre ellas, esta antología de Pessoa, muy recomendable para los que quieran iniciarse en su prosa poética. 
  • Antología poética, de Fernando Pessoa: nacido en Lisboa en 1888 y muerto en la misma ciudad en 1935, Fernando Pessoa es el mayor exponente de la poesía portuguesa contemporánea. La presente antología ha sido traducida y presentada por el poeta y profesor Ángel Crespo, cuyas versiones del italiano y del portugués han alcanzado gran reconocimiento. Su introducción ahonda en la increíble personalidad intelectual de Pessoa, y su selección de poemas ofrece lo mejor de este gran poeta.


En esta ocasión, he comprado un libro de historia en inglés, muy relacionado con mi reciente entusiasmo por Émile Zola y la serie de la BBC, The Paradise. Este libro trata la creación de los primeros grandes almacenes de París, Au Bon Marché, a mediados del siglo XIX. Nos cuenta quienes eran sus propietarios -los Boucicaut- o cómo influenciaron en la cultura burguesa de su tiempo. A pesar de que es un libro interesantísimo, al menos desde mi punto de vista, la edición deja bastante que desear. Es un libro caro, en tapa blanda y papel reciclado, con algunas ilustraciones en blanco y negro.
  • The Bon Marché. Bourgeois Culture and the Department Store, 1869-1920, de Michael B. Miller: Offering a comprehensive social history of the Bon Marche, the Parisian department store that was the largest in the world before 1914, this title explores the bourgeois identities, ambitions, and anxieties that the emporia so vividly dramatized


Martín de Riquer es toda una eminencia en literatura medieval, doctor en Filología Románica. Especialista en cantares de gesta, lírica trovadoresca o heráldica, es de obligada lectura para los amantes de la época medieval. Los trovadores ha llegado a convertirse en un clásico. Recopila las biografías de muchos de los trovadores del sur de Francia y una gran cantidad de poemas en su lengua original, el provenzal. Sin duda alguna, es uno de los mejores libros que tengo en mi biblioteca personal.
  • Los trovadores, de Martín de Riquer: desde su aparición hace más de treinta años, «Los trovadores» se ha convertido en un libro de culto no sólo entre los especialistas en literatura medieval, también entre los amantes de la poesía y la cultura. La introducción al mundo de los trovadores, así como la presentación de los ciento veintidós seleccionados, nos adentran en un mundo medieval constituido por nobles, damas u obispos, entre otros. Al mismo tiempo, ofrece las herramientas culturales y lingüísticas necesarias para disfrutar de las trescientas sesenta y una composiciones recogidas.



Finalmente, quedan por comentar dos extraordinarios regalos navideños -no negaré que ya los había escogido yo previamente-. Como Los trovadores -que tiene la friolera de 1760 páginas-, estos dos libros también pasan de las mil páginas. No soy muy partidaria de los libros extensos. Sin embargo, en algunas ocasiones, como ésta, hago excepciones. La edición en tapa dura de El conde de Montecristo, publicado por Mondadori, es una maravilla. Me encanta Alexandre Dumas y ya estaba deseando leer este gran clásico de la literatura universal. 

Después de París, Londres es, por ahora, mi otra gran ciudad favorita. Cuando supe que Peter Ackroyd le había escrito una biografía, no pude resistirme a añadirla inmediatamente a mi lista de deseados. El autor nos sumerge en la historia de esta ciudad, desde la prehistoria hasta el siglo XX, y la ameniza con anécdotas y diversas ilustraciones.
  • El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas: es un clásico de enorme poder de sugestión, a través de la figura del hombre solitario que, luego de sobrevivir a la injusta condena y la miserable prisión, regresa para hacer justicia. Retrato de época, romántico, crítico y social, por un genio del siglo XIX.
  • Londres, de Peter Ackroyd: a través de un sorprendente recorrido por su historia, que no rehuye los episodios más negros, los barrios más peligrosos ni los aspectos más sombríos y menos conocidos, el genial escritor londinense arroja luz sobre una ciudad caracterizada por la bruma. Una obra original, detalladamente documentada y escrita con auténtico y genuino talento que nos descubre rincones insólitos, narra jugosas anécdotas y reconstruye acontecimientos memorables.


Pierre-Auguste Renoir: flores


Siempre que pienso en Renoir me viene a la mente el color rosa. Supongo que también os pasará a vosotros cuando pensáis en algunos pintores. Los asociáis con algún color en concreto, por su personalidad o porque es el tono que os sugieren sus pinturas. En muchos de los retratos de mujeres de Renoir -sus cuadros más conocidos-, utiliza los tonos pastel, lo que proporciona a la pintura una sensación suave, cálida y acogedora. También en sus paisajes puede verse su pasión por la naturaleza y la vida: la intensa luz y el uso de colores vivos transmite una sensación agradable. Un canto a la belleza. 

Cuando un día me percaté de que tenía una producción bastante numerosa de naturalezas muertas -de flores, en concreto-, me sentí fascinada por lo bonitas que eran y por la alegría que transmitían. Lilas, rosas, crisantemos, margaritas, jazmines... Todas mezcladas, colocadas en jarrones y pintadas por Renoir para nuestro deleite. Algunas se acompañan de frutas; otras, como en el caso de los geranios, las acompaña de dos pequeños gatos que dan a la composición, y al interior de la casa, una impresión de bienestar. A mí me encantan las flores pintadas por Renoir porque aportan felicidad a nuestra vida. Espero que cuando veáis esta selección que os he preparado, también os sintáis invadidos por esa sensación de placer y dicha que proporcionan. Para mí, Renoir es de color rosa. 



Vase of Chrysanthemums
Bouquet in front of a mirror


Geraniums and Cats
Vase of Chrysanthemums


Bouquet of flowers
Flowers in a vase


Vase of Lilacs and Roses
Spring Bouquet


Flowers in a vase
Roses and Jasmine in a Delft Vase


Vase of Chrysanthemums
Flowers and Fruit


Basket of flowers


Roses from Wargemont

Pinturas (XI): Musée d'Orsay


La gran estación del arte del siglo XIX. Así es como se conoce también al Musée d'Orsay, uno de los museos más interesantes -cuál no lo es- del mundo para los amantes del arte. Y mucho más, para los amantes del siglo XIX. El lugar que alberga ahora este museo fue construido en 1900 para la Exposición Universal de París, y era una estación de ferrocarril:

El pintor Detaille comentó con ironía: «Esa estación grandiosa parece un palacio de las Bellas Artes, mientras que el palacio de Bellas Artes se asemeja a una estación. Le propongo a Laloux que intercambie la función de ambos edificios, ahora que todavía está a tiempo». Más de ochenta años después esa sugerencia irónica se llevó a la práctica, y desde 1986 la antigua estación de ferrocarril sirve de marco al Museo de Orsay, que ofrece una completa panorámica del arte francés de los años 1848-1914. El proyecto de reconversión permitía conservar una construcción emblemática del siglo XIX y, al mismo tiempo, dotar a las obras de arte de esa época de un marco metafórico: las ideas de progreso, movilidad y euforia renovadora implícitas en una estación de ferrocarril simbolizan la enorme capacidad de innovación de las tendencias artísticas del siglo XIX. Entre el academicismo oficial y las vanguardias se creó un caldo de cultivo muy favorable para la producción artística, que se tradujo en una gran riqueza de formas de expresión pictóricas, escultóricas, gráficas, fotográficas y de artes aplicadas. Una buena muestra de todo ello se puede admirar hoy en el Museo de Orsay. 

En esta ocasión, he seleccionado algunas obras que pueden verse en este museo. Todas son conocidas y consideradas como obras maestras de la pintura universal. Sería muy difícil escoger alguna; todas ellas poseen rasgos que las hacen únicas. Por su estilo, por su importancia en la historia del arte. No obstante, para ver el cambio que se produjo a mediados del siglo XIX, con la llegada de un arte distinto al oficial, encabezado por Edouard Manet, me gustaría comparar dos obras que tratan el mismo tema, pero que son distintas en su plasmación gráfica: El nacimiento de Venus, de Alexandre Cabanel, y la Olympia, de Edouard Manet:

La Olympia de Edouard Manet, expuesta en el Salón de 1865, suscitó un escándalo enorme en la escena parisina del arte, similar al que había provocado el Almuerzo campestre dos años antes. Al comparar la obra de Manet con El nacimiento de Venus de Cabanel se entienden los motivos de la irritación del público de la época. Mientras que el cuadro de Cabanel es la quintaesencia del gusto artístico oficial del Segundo Imperio (el propio Napoleón III adquirió la obra en el Salón de 1863 como muestra de reconocimiento), Manet rompió con su Olympia todas las convenciones y dio un nuevo impulso a la pintura vanguardista de su tiempo.
Ambas obras tienen como tema a Venus, una diosa que había protagonizado multitud de pinturas desde el Renacimiento hasta entonces. Cabanel se inspiró en El triunfo de Galatea de Rafael (aprox. 1512). Manet, por el contrario, se decantó por el estilo de la Venus de Urbino de Tiziano (1538) y de La maja desnuda de Goya (1800). El artista había copiado la primera de esas obras durante su estancia en Italia en 1853. Los dos artistas se remiten a grandes creadores del pasado, pero cada uno de ellos refleja el mito del desnudo femenino de una forma muy distinta. La Venus de Cabanel yace sobre las olas del mar en un marco definido por pálidos tonos de rosa y azul. Esta representación discretamente erótica de la diosa se corresponde a la perfección con el ideal de belleza de la época. No es de extrañar, por tanto, que la Olympia de Manet, tan distinta y tan segura de sí misma, provocase una reacción airada entre los visitantes de la exposición. La joven que mira directamente al espectador no es la diosa del amor, sino una representante del amor mercenario. La doncella negra le muestra el hermoso ramo de flores que le ha enviado un cliente, pero Olympia aún no se ha decidido a recibirle. Manet escandalizó con esta obra a la hipócrita sociedad parisina de la época, capaz de admirar un desnudo femenino en una escena mitológica pero incapaz de aceptar la representación artística de la realidad. 

 Alexandre Cabanel 
El nacimiento de Venus (1863)

Caillebotte 
Los pulidores del parquet (1875)

Courbet 
El taller del pintor (1855)

Cézanne 
Los jugadores de naipes (1895)


Degas
La familia Bellelli (1860)

Gauguin 
Mujeres de Tahití (1891)

Henri Fantin-Latour 
El taller de Batignolles (1870)

Jean-François Millet 
El Ángelus (1859)

Manet 
Olympia (1863)

Monet 
Impresión. Sol naciente (1872)

Renoir 
Baile en el Moulin de la Galette (1876)

Thomas Couture 
Los romanos de la decadencia (1874)

Las citas las he extraído de un libro publicado por Ullmann & Könemann: «Arte y arquitectura. Museo de Orsay», de Peter J. Gärtner. Forma parte de una colección de libros en tapa dura, entre los que también está el dedicado al museo del Louvre, a la ciudad de París, Roma o Florencia, entre otros. Los recomiendo.