William Beckford, Fonthill Abbey y su novela «Vathek»


Vathek resonaba en mi mente desde hacía mucho tiempo. Este libro escrito por William Beckford en 1784 está considerado como una de las primeras novelas góticas, junto a El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y El monje, de Mathew G. Lewis (ambas son lecturas fascinantes). Como a mí me encantan los clásicos y, sobre todo, las novelas enmarcadas entre finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX, Vathek se me presentaba como de lectura imprescindible. Pero lo peculiar de esta novela es que era de estilo oriental, lo que la hacía aún más fascinante. Y no sólo eso... ¡es que su protagonista vendía el alma al diablo! ¿Cómo no sentir atracción por esta novela? Un autor excéntrico que escribe un cuento oriental enmarcado dentro del romanticismo negro. Incluso fue alabada por Jorge Luis Borges. En esta novela corta, su protagonista, Vathek, el noveno califa de la dinastía de los abbasidas, es seducido por el lado oscuro. Giaour, el representante del diablo (Eblis) en la tierra, le conducirá hacia la nigromancia y las artes mágicas para que alcance el palacio de fuego, el infierno, donde le esperan unas riquezas inmensas. Por el camino le esperarán pruebas malditas envueltas de fantasía. Así es Vathek: orgulloso, altivo, amante de los placeres mundanos. No le costará, también con ayuda de su madre Carathis, sucumbir al mal. En su periplo hacia el lugar marcado por los astros, por Giaour y por las fuerzas demoníacas, se encontrará con emires y sus harenes repletos de mujeres voluptuosas, con tormentas sobrenaturales y lugares paradisíacos.

Portada de Vathek en La Biblioteca de Babel: colección de lecturas fantásticas dirigidas por Jorge Luis Borges. Publicado por Ediciones Siruela en 1984
Pero no sólo el argumento de Vathek es interesante. La vida de su autor, William Beckford, también es digna de estudio. En la contraportada de mi edición, nos cuentan que fue uno de los personajes más curiosos del mundo cultural de su época. Sabía latín, griego, italiano, español y portugués, conoció a Voltaire y fue alumno de Mozart. Enamorado de Venecia, su otra gran pasión fue Portugal, donde pasó largas temporadas. Su vida estuvo envuelta de escándalo: se creía un personaje de Las mil y una noches y acostumbraba a viajar con un cortejo parecido al de los emires. En algunas de sus biografías lo describen como viajero, bibliófilo, pervertido y pederasta. Su fortuna la heredó de sus padres, que se habían enriquecido en Jamaica. Con este dinero, consiguió desatar sus fantasías construyendo el castillo más impresionante de su época: Fonthill Abbey. En un libro que tengo en casa, Grandes jardines de Europa, publicado por h.f.ullmann, hay un pequeño artículo sobre William Beckford y Fonthill Abbey que os transcribo a continuación. Hace un buen resumen de la personalidad de Beckford y de cómo era el castillo, por desgracia derruido. Espero que si algún día leéis Vathek, os guste tanto como a mí. Y a los que lo habéis leído, ¿qué os pareció? Seguro que también habréis sentido fascinación por su autor y por el legado que nos dejó.


En la década de 1790, Beckford encargó al arquitecto James Wyatt la construcción de la abadía neogótica de Fonthill, en el condado de Wiltshire, cerca de Salisbury. Se trata de una curiosa combinación de torre medieval, nave típica del gótico pleno, secciones similares a las de un castillo y torres coronadas por almenas: un teatro arquitectónico. ¿Y quién era lord Beckford? Heredó su incalculable fortuna de su familia, que se había enriquecido gracias al comercio de esclavos y a las plantaciones de caña de azúcar de Jamaica. A la edad de cinco años recibió clases de música de Wolfgang Amadeus Mozart y el acuarelista Alexander Cozens le inició en el arte del dibujo. Cuando el joven Beckford celebró su mayoría de edad durante las Navidades de 1781, las salas del castillo rural de su padre, Fonthill Splendens, se llenaron de ilusión: imágenes transparentes y en movimiento iluminadas por luces de colores y acompañadas por el canto de los castrati más famosos de Europa. En aquellos años, Beckford trabajaba en su novela titulada Vathek, un oscuro libro del romanticismo negro que reproduce la temática de Fausto en Oriente y que lord Byron describió como su Biblia. Ese prometedor preludio de una carrera literaria y política quedó súbitamente interrumpido al trascender sus tendencias homosexuales. Una campaña de difamación le obligó a huir del país hacia Portugal. Pero pronto cambió este exilio autoimpuesto por la extraterritorialidad de Fonthill Abbey. Beckford calificó los planes de construcción de diabólicos.


La torre central iba a alzarse hasta los 84 metros de altura y la nave central sería tan larga como la de Westminster. Según palabras del lord, nunca se habían utilizado tantos ladrillos, salvo en Babilonia. Allí podría entregarse a su soledad y melancolía, rodeado por una multitud de sirvientes, un médico de Estrasburgo y un enano suizo llamado Perro cuyo cometido consistía en abrir el portal de roble de diez metros de altura a los escasos huéspedes del lugar. Más tarde, Beckford escribió: No sufro poco con este horrible aburrimiento y la soledad de esta tumba de abadía, pero lo peor es que en ella no se encuentra la tranquilidad que emana de las demás tumbas.

Un muro de tres metros de altura y doce kilómetros de longitud rodeaba la finca y, además del conglomerado de arquitectura, encerraba también un parque fabuloso y oscuro a la vez. Beckford hizo construir un jardín del tipo denominado americano, después de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se introdujeran y se popularizaran las plantas que toleraban las temperaturas bajo cero, como los rododendros, las magnolias, los cipreses de los pantanos o los tuliperos. En los terrenos situados por debajo de la abadía, hizo construir el lago artificial Bitham. Amplias superficies de césped y largas avenidas arboladas cruzan el terreno, rodeado por árboles autóctonos y ejemplares exóticos. Beckford deseaba un jardín silvestre controlado por los jardineros en el cual los animales, que más allá de ese muro eran acosados despiadadamente por lords ávidos de caza, pudiesen llevar una existencia paradisíaca.

 Joseph Mallord William Turner
Panorámica de Fonthill desde un puente de piedra (1799)

En el año 1799, invitado por Beckford, el joven William Turner pasó tres semanas en Fonthill para realizar dibujos y acuarelas del parque y de la abadía. Seguramente Beckford deseaba ver sus propias visiones concretizadas en el arte de Turner, ya que una de sus descripciones de Fonthill se corresponde exactamente con una de las acuarelas del artista: Los oscuros bosques que rodean la abadía quedaron cubiertos por el brillante colorido del sol poniente y el azul más hermoso del cielo. Y de entre esas floretas se alzaba el castillo de Atlas con todos sus ventanales, relucientes como diamantes. Nada de lo que he visto en mi vida se acerca a esta visión única, ni en la grandeza de su aspecto ni en la magia de los colores. Beckford había recurrido al castillo en los aires del nigromante Atlas de la obra de Ariosto Orlando furioso. En el año 1807 fue abolido el comercio de esclavos y en las colonias de las Indias Occidentales el precio de la caña de azúcar cayó, con lo cual los ingresos de Beckford quedaron reducidos. Ya no podrá financiar la finca, que había sido administrada con todo tipo de lujos, por lo que en 1822 la abadía tuvo que ser subastada en Christie's de Londres por la suma de 330.000 libras. El comentario de Beckford fue el siguiente: ¡Me he librado de la tumba sagrada! Cuando años más tarde la gran torre de la abadía se derrumbó, se expresó con un distanciamiento similar. Lamentó no haber podido estar presente.
  

Tras los pasos de Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban


Hace muchos meses (¡desde enero!) que tenía pendiente esta entrada. Pensaba que ya no la publicaría, pero aquí está, salida del recuerdo. Es de un viaje que realicé al sur de Francia; en concreto, a los alrededores de Prades de Conflent. Algunos de vosotros ya habréis visto algunas imágenes de este viaje porque las publiqué en mi otro blog, Peregrinus. Pero aquí enfocaré los lugares que visitamos de manera histórica y cultural, que es lo que más nos interesa a todos. En un primer momento, la intención de organizar este viaje fue exclusivamente para visitar dos abadías importantísimas que se encuentran a escasos kilómetros de Prades: Sant Miquel de Cuixà y Sant Martí del Canigó. Cuando ya prácticamente tenía toda la excursión organizada, vi que estaban cerradas por inclemencias del tiempo. Y es que claro... ¿a quién se le ocurre irse por allí de visita en enero? Sin desanimarme (ya surgirá la ocasión de volver algún día), planeé una ruta distinta que he titulado Tras los pasos de Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban. ¿Sabéis quién fue Sébastien Le Prestre? Conocido como marqués de Vauban, nació en la localidad francesa de Saint-Léger-Vauban en 1633. Su carrera se desarrolló en el campo de la ingeniería militar, llegando a ser mariscal de Francia y principal diseñador de fortificaciones. En 1655 se convirtió en el ingénieur du roi (ingeniero real) de Luis XIV. En esta nueva etapa, no sólo mandó construir fortificaciones, sino que también las conquistó y ayudó al rey a consolidar sus fronteras. Dunkerque, en la actual región de Nord-Pas-de-Calais, fue uno de esos sistemas defensivos que construyó a mediados del siglo XVII.

Hacia 1676 escribió Instructions pour la défense que, como bien define el título, daba las claves para defender correctamente una fortificación ante cualquier ataque enemigo. Ese mismo año, convertido en mariscal de campo, logró conquistar plazas importantes, como Valenciennes, Cambrai o Gante. A lo largo de su vida, Vauban consiguió grandes logros en el campo militar y continuó escribiendo tratados en los que desarrollaba su sistema constructivo y de ataque, como Traité de l'attaque des places. Vauban mejoró las defensas de más de trescientas localidades (Arras, Bayona, Belfort, Lille, El Pertús, Metz, Mont-Louis, Namur o Perpignan) y construyó treinta y siete fortalezas nuevas.

Eus, un bonito pueblo pintoresco situado a escasos kilómetros de Prades. Figura en la lista de los pueblos más bellos de Francia. Podéis ver más fotografías mías de Eus en esta entrada que realicé hace tiempo en Peregrinus.

¿Qué os parece la vida del marqués de Vauban? Interesante, ¿verdad? Lo mejor es que podemos seguir sus pasos por toda Francia. En cualquier rincón encontramos algún bastión, baluarte o muralla que reconstruyó o edificó de nuevo. Así pues, cambié mi ruta de los monasterios por otra de fortificaciones, que para mí también resultaba muy atractiva. Establecimos nuestro punto de partida en Prades, uno de los pueblos más conocidos de la región. Desde allí nos dirigimos a Eus, donde estuvimos paseando y contemplando el paisaje toda la mañana. Por la tarde realizamos la primera visita relacionada con Vauban: Villefranche-de-Conflent y el Fort Libéria. Esta fortificación se encuentra en la cima de la montaña que domina la población de Villefranche. La construyó Vauban en 1681 tras la firma del Tratado de los Pirineos, por el cual los territorios catalanes del actual sur de Francia pasaron a ser posesión de los franceses. El Fort Libéria fue un enclave defensivo y estratégico, además de servir de prisión en tiempos de Luis XIV. Su particularidad es que se comunica con Villefranche a través de una escalera subterránea. Lástima que cuando fuimos se encontraba cerrada a causa del mal tiempo. De hecho, esa tarde llovió un poco y tuvimos que realizar la visita bajo el paraguas. Si alguna vez visitáis el fuerte, tened en cuenta que se puede subir en coche, pero con mucha precaución porque el terreno es resbaladizo y está lleno de piedras. A mí, que cuando se trata de visitar sitios así, no hay quien me pare, subí con un Seat Ibiza a velocidad de caracol. Si no queréis arriesgar vuestro coche, hay la posibilidad de contratar un 4x4. Nosotros nos atrevimos porque no había ni un alma. Me encanta cuando visito sitios así y no me encuentro a nadie. ¡Sólo estaba el vigilante! Por cierto, actualmente es Patrimonio Mundial de la Unesco.





Como podéis ver, el fuerte no se encuentra en muy buen estado. De todas maneras, vale mucho la pena visitarlo por su importancia histórica. En la siguiente fotografía podréis verlo desde la entrada al pueblo de Villefranche-de-Conflent.

Villefranche-de-Conflent es una pequeña villa medieval calificada, como Eus, como uno de los pueblos más bonitos de Francia. El interés de esta localidad reside, principalmente, en su aire medieval, sus murallas y su iglesia románica del siglo XII, cuya portalada de mármol rosa es una magnífica muestra del románico del Conflent. Villefranche fue fundada en el año 1090 por el conde de Cerdaña. Posteriormente, perteneció al condado de Barcelona, al Reino de Mallorca, a la Corona de Aragón y, finalmente, como consecuencia del Tratado de los Pirineos, se incorporó a Francia en 1659. Por este motivo, entre 1669 y 1687, se encargó a Vauban su fortificación. Las murallas que construyó el marqués aún se conservan en la actualidad. Podéis apreciarlas un poco en las siguientes fotografías.



La falta de tiempo nos impidió visitar también Mont-Louis, otro enclave Vauban cerca de Prades. Otro día será, espero. Teniendo sólo un fin de semana había que priorizar, así que nuestra siguiente parada la realizamos en otro magnífico lugar: el castillo de Salses. Salses-le-Château es un castillo construido en la llanura del Rosellón, al pie de las Corbières. Es mencionado por primera vez en el año 1047, pero su aspecto actual data del siglo XVI, cuando fue necesario reforzar la frontera. La nueva fortaleza (fechada entre 1497 y 1503) fue obra de Ramiro López, un constructor castellano que se inspiró en los castillos de Castilla. De plano rectangular, con un foso y baluartes capaces de resistir la artillería de la época, la fortaleza incorporaba una gran plaza de armas en cuyo alrededor se distribuían las caballerizas, el cuartel, una capilla consagrada a San Sebastián, torres de artillería, el donjon y la prisión. Con la firma del Tratado de los Pirineos (1659), por el cual Francia conseguía ampliar sus fronteras hacia el sur, el castillo de Salses perdió su importancia militar y estratégica. Fue entonces cuando intervino el marqués de Vauban, conservando y mejorando parcialmente el castillo, que sirvió como prisión estatal, polvorín durante el siglo XIX y refugio en tiempos de la Guerra Civil Española. La fortaleza de Salses es un ejemplo de transición entre el castillo medieval y el fuerte moderno y geométrico. Su principal innovación fue adaptarse al desarrollo de la artillería, por eso las murallas se hicieron más gruesas (tienen de 6 a 10 metros de grosor). En 1886 fue declarado monumento histórico.

Vistas del estanque de Leucate, al lado de Salses-le-Château, donde paramos a comer. Las vistas son muy bonitas y relajantes, vale la pena acercarse un rato.


Tras atravesar el foso, nos encontramos con una puerta impresionante flanqueada por dos torres macizas cilíndricas.
El patio cuadrado de la fortaleza emociona. ¡Es enorme! En su centro se encuentra un pozo y está rodeado por un pórtico que da acceso a la capilla, a las caballerizas y a los cuarteles de la tropa.







* Todas las fotografías han sido tomadas por mí. Si quieres reproducir alguna de ellas, por favor, contacta conmigo a través del formulario de contacto. ¡Gracias!

El ideal en el paisaje. De Meifrèn a Matisse y Gontxarova

 
El ideal en el paisaje.
De Meifrèn a Matisse y Gontxarova
Del 13 de julio al 19 de octubre de 2014
Espai Carmen Thyssen (Sant Feliu de Guíxols)

Desde un punto de vista estético, la exposición explica la evolución de la mirada ante el paisaje, así como el cambio en la técnica pictórica a la hora de trasladar las emociones recibidas. Hay un tema recurrente: el paisaje de mar, y sobre todo, el mar como espacio de disfrute, de vacaciones; un concepto del siglo XX. Lo ideal en el paisaje también está representado en los cuadros de montañas o de jardines, como el espacio evocador del paraíso perdido.

El ideal es un estado de perfección absoluta, un modelo que todos pretendemos alcanzar. ¿Pero logramos llegar a la cima o tan sólo nos aproximamos a ella? ¿Creéis que lo ideal es una utopía? El ideal, en estética, es la forma en que un artista recrea la realidad. El artista, a través del ideal estético, observa, plasma y domina la naturaleza. Podríamos decir que la perfecciona conforme a sus aspiraciones. Es la manera que posee para llegar a un estado ideal. El artista, en resumen, alcanza el ideal a través de su creación. Eso ocurre con todos los estilos artísticos, pero el que nos ocupa aquí es el del género paisajístico. El paisaje es un género que pretende plasmar la naturaleza que nos rodea. Esa naturaleza primigenia ha sido representada de diferentes maneras a lo largo de la historia del arte. Depende de cada época y de su tipo de sociedad. La mirada ante el paisaje evoluciona y se transforma con el paso del tiempo: desde que surgió como género independiente en el siglo XVII hasta la actualidad, el paisaje ha ido tomando variedad de formas relacionadas con la propia observación de cada artista.


El ideal en el paisaje. De Meifrèn a Matisse y Gontxarova pretende mostrarnos el desarrollo de la pintura de paisaje desde el siglo XIX hasta nuestros días. Nos hace observar la manera en que los artistas trasladaban al lienzo las emociones que experimentaban ante la naturaleza. Así, en un paisaje naturalista, el artista representaba el paisaje de una manera realista, desmarcándose de la subjetividad del artista romántico y saliendo al exterior a pintar en plen air; en un paisaje impresionista, intentaba captar el instante, la sensación cromática que producía la luz sobre los objetos; en un paisaje expresionista, lo subjetivo volvía a tomar protagonismo e inundaba el lienzo de emociones personales, de sentimientos cercanos a la melancolía neoromántica; y en un paisaje moderno, el artista desata el eclecticismo, va más allá de la imitación de la naturaleza y se pregunta: ¿podemos alcanzar el ideal en el paisaje? 

La exposición se organiza alrededor de tres temáticas que tratan el ideal en el paisaje: el mar como espacio de disfrute, las montañas o los jardines como lugares que evocan el paraíso perdido, y la figura humana que los dota de trascendencia. Estas tres temáticas se desarrollan en su plenitud desde el naturalismo del siglo XIX hasta el arte contemporáneo; y sus pilares centrales, los que ha querido remarcar la exposición, son tres grandes artistas de la pintura: Eliseu Meifrèn, un extraordinario pintor catalán enmarcado entre el naturalismo y el impresionismo; Matisse, que con su técnica pictórica de estilo fauve abre las puertas al expresionismo; y Gontxarova, una importante artista rusa que se inspiró en el primitivismo folclórico para trasladarlo al arte de vanguardia.

Siempre es una alegría el poder asistir a una exposición con obras de la colección Carmen Thyssen. La calidad está asegurada, y el entorno en el que se exponen, también. El Espai Carmen Thyssen de Sant Feliu de Guíxols está ubicado en el antiguo Palacio del Abad del monasterio de Sant Feliu: El monasterio benedictino, junto al mar, fue fundado en la primera mitad del siglo X. Su aspecto de castillo se lo debe a las torres de defensa y vigilancia que la rodean. El Palacio del Abad tenía la función de residencia abacial y aún conserva un aire de casa señorial. El palacio está comunicado con el resto del monasterio por los pasillos que hay en cada piso, tenía acceso directo a la sacristía, a la biblioteca y al camino de ronda que bordeaba la nave de la iglesia. Genial, ¿verdad? Os animo a visitar esta magnífica exposición, en la que encontraréis obras de Jongkind, Boudin, Daubigny, Jozef Israëls, Modest Urgell, Ramon Martí Alsina, Monet, Renoir, Sisley, Gauguin, Matisse, Bonnard, Léger o Walt Kuhn, entre muchos otros. 

El paisaje naturalista

La estética naturalista busca el tratamiento realista del paisaje, pero desmarcándose de la representación de la fotografía de aquel entonces. La expresión de la naturaleza imitada parte del análisis objetivo de la contemplación de los objetos, pero se libera de la pátina romántica que confiere a la mirada la huella anímica, el sentimiento que se despierta en la contemplación subjetiva del paisaje.

Eugène Boudin 
Étretat. El acantilado de Aval (1890) 

Ernest-Ange Duez 
Madre e hija en la playa (1885)

Charles-François Daubigny 
Salida de la luna en las riberas del río Oise (1874)

Stanislas Lépine 
El Sena en el puente de Sèvres (1876-1880)

Edward Henry Potthast 
Escena de playa (1915)

Captar el instante

Los pintores impresionistas captaron tanto la necesidad de una renovación del lenguaje plástico como el hecho del nuevo diálogo con la manera de captar el entorno que ofrecían las teorías de Helmholz. Teorías que iban de la mano con el posicionamiento objetivo y de carácter científico que ya se había iniciado con el desarrollo de la pintura naturalista a plein air y que ahora, con el impresionismo daría un paso más. La pintura para los impresionistas toma como objetivo la experiencia del paisaje condicionada por las disposiciones físicas de nuestra visibilidad subjetiva.

Monet 
Marea baja en Varengeville (1882)

Renoir 
Campo de trigo (1879)

Sisley 
Claro de un bosque (1895)

Hacia el paisaje expresionista

El impresionismo no daba respuesta a los artistas que buscaban una utilización del color basada más en el estudio científico de la composición de la luz. Es lo que conocemos como puntillismo o divisionismo. A principios del siglo XX, como reacción al carácter positivista que tomó la pintura hacia finales del siglo XIX, se inició un nuevo movimiento pictórico, el expresionismo. Nos traslada a una percepción más subjetiva de la realidad, una prolongación del estado de ánimo a la atmósfera que dibuja los espacios, normalmente agitados, inquietos.

Henri-Edmond Cross 
Playa, efecto de tarde (1902)

Henri Manguin 
Las estampas (1905)

Maurice Prendergast 
Arco iris (1905)

Max Pechstein 
Casa en la Kuhrische Nehrung (1909)

Tránsito a la modernidad

La dedicación que la colección Carmen Thyssen hace al arte del siglo XX pone de relieve que en este período lo que se pone de manifiesto en el arte es una transformación de la sensibilidad reflejada más en la exploración del lenguaje plástico que no en la imitación de la naturaleza y lo que se desprende de ella. La diversidad, la convivencia de lenguajes que se han ido desarrollando desde la subjetividad del artista dan lugar a un evidente eclecticismo estético.

Walt Kuhn 
Bañistas en la playa (1915)

Olga Sacharoff 
Paisaje idílico (1953)

Michael Andrews 
Daylesford (1984)

Siete días en el mundo del arte: un análisis


El mundo del arte contemporáneo es complicado. La auténtica creación parece verse sometida a las leyes del mercado, al dinero de los grandes magnates. El arte está en manos de los elitistas. Los que manejan grandes sumas poseen el control. Diariamente nos asombramos del coste que alcanzan en las subastas las pinturas de Van Gogh, de Cézanne, de Renoir, de Picasso... o de artistas más recientes, como Andy Warhol, Francis Bacon, Lucien Freud, Jeff Koons o Damien Hirst. Cuando se proyecta una gran subasta de arte antiguo o contemporáneo, empiezan a moverse todos los engranajes de la sociedad poderosa, acaudalada, ávida de arte: salen de caza. Muchos lo consideran una inversión, otros se gastan el dinero porque pueden, para saciar su placer. Un cuadro de un artista reconocido asciende a precios desorbitados. ¿Pero qué significan cien millones de euros para alguien que posee cinco, seis o siete veces más? ¿Es lícito vender arte a estos precios? ¿Llegará a explotar la burbuja del arte contemporáneo? Llegados a este punto me pregunto: ¿se aprecia el arte o es una simple máquina de hacer dinero? ¿Cómo puede un artista llegar a ser alguien en un mundo dominado por las grandes élites? 


Si queréis obtener respuestas a estas preguntas, quizá os interesará leer Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thorton. La autora, a través de diversos capítulos -la subasta, la crit, la feria, el premio, la revista, la visita al estudio, la Biennale-, nos ofrece un recorrido por el arte actual. Descubriremos los entresijos del mercado del arte, los esfuerzos de los artistas por abrirse camino o el funcionamiento de la crítica de arte. Es un libro basado en experiencias y entrevistas. Es ameno, directo. Para mí, sólo tiene un problema: se respira en cada página un aire pedante, de intelectualismo moderno, que me irrita. En pocas palabras: es demasiado snob. La autora se ve forzada a utilizar ese pretencioso estilo porque así es el mundo que retrata: frívolo. ¿Dónde está ese arte íntimo y delicado, la emoción de experimentar la contemplación de un cuadro? Desde luego, yo no lo veo en el mercado del arte. Para ilustrar ese concepto de grandeza y exceso en el arte que transmite Sarah Thorton en su análisis, he seleccionado algunas frases que os servirán para comprender mejor: frases sobre museos, casas de subastas, ferias de arte, galerías y artistas. Elementos que, unidos y bien coordinados, forman el conjunto del arte contemporáneo actual.