De castillos, fortalezas... y otras representaciones del arte


Os presento Peregrinus, un blog que creé hace un par de semanas con la intención de ir recopilando mis fotografías de castillos, monasterios, fortalezas, lugares pintorescos... Un espacio en el que compartir el arte que voy visitando (o he visitado en el pasado). ¿Por qué decidí ponerlo en marcha? Ya hacía tiempo que veía que en este blog, por el formato de plantilla, no tenía la posibilidad de mostraros todas las fotografías que me gustaban. Cuando confeccionaba una entrada de algún monasterio que visitaba, por ejemplo, hacía una pequeña selección de imágenes; y se quedaban muchas otras en el tintero. Así que ahora, con este nuevo blog, la selección será mucho más amplia, para que os hagáis una idea de cómo es el lugar que os enseño. Las descripciones que acompañarán las fotografías, en principio, las extraeré de otras páginas web. Hacer yo un comentario me llevaría mucho tiempo, y ahora mismo no dispongo demasiado de él. ¡Es un blog esencialmente fotográfico! Todas las fotografías las he hecho yo, de la mejor manera que sé. Si en alguna ocasión necesitáis alguna, por favor, contactad conmigo. 


¡Espero que os guste!

http://peregrinusdelarte.blogspot.com.es/

Creación de jardines: el laberinto de Versalles


¿Quién no ha soñado alguna vez con los fabulosos jardines de Versalles? Pasearse por la Orangerie, sentir el agua que emana de las fuentes escultóricas, sentarse en un banco y contemplar los setos y las flores. Caminar hasta Le Grand Trianon y darse cuenta de la inmensidad que envuelve el palacio. Rodear el Gran Canal o detenerse, bajo un sol esplendoroso, ante la fuente de Apolo. Luis XIV, que junto a su pasión por la caza y las artes, era un enamorado de la jardinería, quiso construir en Versalles los jardines más inmensos y elegantes de toda su época. Para ello, se sirvió de los arquitectos, escultores y jardineros más prestigiosos del siglo XVII, como André Le Nôtre. Hijo de una familia de jardineros reales, trabajó durante mucho tiempo en las Tullerías -donde se alzaba uno de los palacios reales-. Cuando Luis XIV quiso construir un palacio en las afueras de París, recurrió a sus servicios. Se dice que el monarca confiaba plenamente en su jardinero real: discutía con Le Nôtre los diseños de los parterres o autorizaba el tipo de árboles que mejor quedarían en cada lugar. Luis XIV lo controlaba todo. Quería que Versalles fuera una nueva Roma. Él mismo se comparaba con Apolo, el dios del sol.

Uno de los elementos que más me ha llamado la atención de los jardines de Versalles es su laberinto. Estos días estoy sumergida en una lectura fascinante: Los jardines del Rey Sol. Luis XIV, André Le Nôtre y la creación de los jardines de Versalles, de Ian Thompson. En uno de sus capítulos se habla de la creación del Labyrinthe, construido en el bosque al sur del eje principal. También lo diseñó Le Nôtre, pero su contenido lo llevaron a cabo dos figuras literarias de gran magnitud: Charles Perrault y Jean de La Fontaine. Desgraciadamente, el laberinto, que tal y como dice el libro, era el orgullo del Rey Sol y de sus jardineros, fue reemplazado durante los primeros años del reinado de Luis XVI por el mucho menos interesante Bosquet de la Reine, que todavía pervive. No queda ningún vestigio del laberinto. Sólo podemos saber cómo era gracias a los grabados y a los textos originales de la época. ¿Queréis saber cómo estaba diseñado y qué esculturas contenía? Seguid leyendo estos párrafos que he extraído del libro.


Los laberintos eran extremadamente populares en los jardines de la Edad Media y principios del Renacimiento. Aunque a menudo simbolizaban la búsqueda religiosa o romántica, eran un divertimento que casaba a la perfección con la actitud de Luis respecto a su parque de placer, por lo que no tardó en querer construir uno. El Labyrinthe puede encontrarse en los planos de 1665, aunque los trabajos de construcción no empezaron hasta el año siguiente. Como muchas de las construcciones más destacadas de Versalles, fue fruto del trabajo en equipo. Le Nôtre, por descontado, fue el responsable del suelo y del aspecto horticultural, pero las dos figuras literarias asociadas a su contenido, Charles Perrault y el poeta Jean de La Fontaine, fueron quienes supervisaron el trabajo de veinte escultores que trabajaron en los trabajos de decoración del laberinto.

En la primera imagen podemos ver el plano del laberinto (1714). En la segunda, el pintor Jean Cotelle representa la entrada al laberinto, donde se ven las estatuas, a izquierda y derecha, de Esopo y Cupido (1688).

En 1668, La Fontaine publicó su primer volumen de versos basados en las fábulas de Esopo. Tuvieron mucho éxito y le siguieron otros volúmenes en 1678, 1685 y 1693. La Fontaine cayó en desgracia, pues se le ocurrió hablar en defensa de Fouquet, pero sus poemas parecen haber proporcionado el tema alrededor del cual se diseñaron las esculturas y las fuentes del Labyrinthe. La idea de colocar fuentes representando historias de Esopo en el laberinto de Le Nôtre probablemente fue de Charles Perrault, otro escritor recordado principalmente por su contribución a la literatura infantil. Sus Cuentos de mamá oca, de 1697, reformulan relatos folclóricos medio olvidados como El gato con botas o La bella durmiente. El rey se sentía tan orgulloso de su Labyrinthe que le encargó a Perrault que escribiese una guía para el mismo, que se publicó en la Imprimerie Royale en 1677 y 1679. Encuadernado en color rojo, con el monograma real, se guardaron las copias en la biblioteca real y se regalaban a visitantes de categoría. Perrault también escribió la siguiente descripción del Labyrinthe en 1675:

Es un bosquecillo cuadrado, con árboles jóvenes, muy tupidos y exuberantes, con una gran cantidad de senderos, que se entrecruzan con tal ingenio que nada resulta tan agradable como perderse. Al final de los senderos, y allí donde se cruzan, hay fuentes, situadas de tal modo que allí donde uno se encuentre, siempre ve tres o cuatro o incluso seis o siete a la vez.

En total había treinta y nueve fuentes en la zona que cubría el laberinto, que incorporaban unas trescientas esculturas de animales, al menos cien de las cuales lanzaban agua. Los animales estaban esculpidos en plomo, pintados con colores realistas y agrupados en torno a los estanques de piedra bajo doseles entramados. Elaborar el programa escultural, crear las esculturas, trazar los emplazamientos y los sistemas de canalización de agua fue un proceso largo, por lo que el Labyrinthe no estuvo acabado hasta 1673-1674. El agua no manaba de forma accidental, se usaba de un modo muy expresivo para animar el carácter de los animales retratados. En la entrada al Labyrinthe había dos esculturas, una de un anciano y feo Esopo, y otra de un hermoso y joven Cupido. Charles Perrault imaginó un encuentro casual entre Apolo y Cupido en los terrenos de Versalles. El joven dios se dirigiría al mayor:

Dejaré para ti toda la gloria y te permitiré que lo dirijas todo, siempre y cuando me garantices que pueda construir el Labyrinthe, que amo con pasión y que casa tanto conmigo. Pues sabes que yo mismo soy un laberinto, en el que es fácil perderse. Mi idea es crear toda una serie de fuentes allí y adornarlas con los personajes de las más ingeniosas fábulas de Esopo, con las que transmitiré lecciones y máximas para aconsejar a los amantes.

Si bien el orden y la geometría imperaban en el parque, este pasaje sugiere que el Labyrinthe se construyó según la muy diferente lógica del amor. Era un lugar donde los mortales podían perderse. El diseño del Labyrinthe no siguió los parámetros habituales, pues no tenía una meta central y permitía echar la vista atrás, pero sin lugar a dudas pretendía transmitir una eduación moral, donde los hombres y las mujeres podían caminar entre los árboles en busca de verdades ocultas.


Uno de los grupos escultóricos ilustraba la fábula de La lechuza y los pájaros. La pobre lechuza es rechazada por otros pájaros debido a su oscuro plumaje y su áspera manera de ulular, de ahí que sólo se atreva a salir por las noches. La moraleja, según Perrault, es que cualquier hombre prudente que desea pasar indemne por el laberinto del amor debe tener un lenguaje amable y vestir de forma adecuada. En la fábula Los pavos reales y el arrendajo, un desencaminado arrendajo se viste un día con las plumas que han perdido varios pavos reales. Disfrazado de esa guisa, cree que será aceptado entre ellos, pero lo que sucede es que se burlan de él y le atacan. La moraleja debía de gustarle a los cortesanos de Versalles: no tiene sentido fingir maneras galantes cuando uno no proviene de alta cuna.

Por inocuas que pudiesen parecer a primera vista las esculturas del Labyrinthe, esa arboleda para enamorados no quedaba exenta de la clase de mensajes políticos que empezaban a imperar en el resto del parque. Muchas de las fábulas representaban escenas sobre la lucha por la vida y la muerte parecidas a los combates entre animales en el parterre de agua. En Las ranas y Júpiter, la nación de las ranas le pide a Júpiter que les envíe un rey y este les envía al rey Leño, que cae con estrépito, pero después no hace nada. Las ranas se quejan y reclaman tener un monarca más activo, así que Júpiter, enfadado, les envía al rey Grulla, que se las come para desayunar, comer y cenar. La moraleja viene a decir que hay que aceptar al rey que ha tocado en suerte, porque otro podría ser mucho peor.
     

Retos literarios 2014: nos gustan los clásicos


Nunca he sido muy partidaria de los retos literarios. Soy de las que opina que cada lectura tiene su momento determinado. Escogemos un libro u otro según cómo nos sintamos aquel día. No obstante, este año he decidido crear un reto propio, y participar en otro que he visto. Un nuevo año que brinda nuevas lecturas. Y los retos están más vivos que nunca. Son muy populares. A ver qué os parece éste que os propongo. Se trata de leer un clásico del siglo XIX cada mes. Serían doce en total a vuestra elección. Sin ataduras. Cogéis el que os apetezca. Yo iré actualizando esta misma entrada cada vez que termine uno, así veréis los que he escogido. ¿Os animáis?


1. E.T.A. Hoffmann: El hombre de la arena y otras historias siniestras (1817)

E.T.A. Hoffmann es, junto a Heinrich von Kleist y Novalis, uno de los escritores del Romanticismo alemán que más me llama la atención. Su estilo irónico, satírico y profundo, le granjeó un gran éxito. Influenció a autores de la talla de Edgar Allan Poe y Téophile Gautier; y a compositores como Schumann, Wagner o Donizetti. En El hombre de la arena y otras historias siniestras se reúnen algunos de sus relatos más inquietantes y sobrenaturales. El que da nombre a la recopilación es una obra maestra de ambiente gótico y terrorífico. Un relato que se enmarcaría dentro del Romanticismo negro: algo plácido se transforma en grotesco, diabólico e intensamente psicológico. También se incluyen otros relatos de corte fantástico, como Vampirismo, El huésped siniestro, La iglesia de los jesuitas de G. o La marquesa de la Pivardière.

2. Alphonse Daudet: Tartarín de Tarascón (1871)

Alphonse Daudet fue un reconocido escritor francés, nacido en Nîmes en 1840. Su Provenza natal le inspiró un excelente conjunto de relatos, publicados en 1866 bajo el nombre de Cartas desde mi molino. Cinco años después escribió su obra más conocida: Tartarín de Tarascón. Su personaje mítico. Con una prosa irónica, caricaturesca, y llena de ternura y sencillez, Daudet nos presenta a un hombre soñador, romántico, mentiroso, cazador, deseoso de aventuras. Tartarín supone una lectura fascinante, alegre, soleada, optimista, cercana. Por suerte, he tenido la oportunidad de leer la traducción al catalán que hizo de la obra Santiago Rusiñol, escritor y pintor, amigo de Alphonse Daudet y de su hijo León. Un clásico francés de lectura imprescindible.

3. Wilkie Collins: El hotel encantado (1878)

Wilkie Collins es el maestro de la literatura de misterio decimonónica. Sabe cómo mantener el suspense hasta el final. Sus historias están bien construidas, sus personajes poseen profundidad psicológica y los ambientes de la mayoría de sus novelas son lugares con una atmósfera brumosa e inquietante. El hotel encantado, publicado en 1878, es un relato bastante corto, pero intenso, y totalmente recomendable. La acción se sitúa en Inglaterra y en un palacio veneciano convertido en hotel. Una muerte y unos extraños sucesos sobrenaturales serán los que impresionen y desconcierten a los protagonistas de esta historia. Un clásico de la literatura de fantasmas que está a la altura de las grandes novelas de Wilkie Collins.

4. Louisa May Alcott: Un cuento de enfermera (1865)

Louisa May Alcott, la autora de la célebre Mujercitas, ejerció como enfermera durante la Guerra de Secesión. Sus experiencias como enfermera las recopiló en unas cartas que más tarde publicó bajo el título de Apuntes del hospital. A partir de ahí empezó su carrera como escritora. En Un cuento de enfermera, la autora utilizó de nuevo el mismo tema para crear una historia de misterio en la que se mezclan el amor, la venganza, el odio, los celos y los engaños. Kate Snow, la protagonista, será contratada para cuidar a la hija pequeña de la familia Carruth, Elinor, que sufre una enfermedad mental hereditaria. Allí se sumergirá en una espiral de intrigas que obtendrán su resolución en un final sorprendente. Como nos cuentan en la sinopsis, esta novela de intriga cuasi policial sobre la maldición de una estirpe recuerda algunas de las mejores páginas de Wilkie Collins, las hermanas Brontë o Jane Austen. Y estoy totalmente de acuerdo.

5. Guy de Maupassant: Bel-Ami (1885)

¿Hasta dónde puede llegar nuestra ambición? Georges Duroy, el protagonista de esta historia, lo sabe muy bien: hasta la misma cima del mundo. Y eso es lo que se propone, llegar hasta la clase alta de la sociedad parisiense de finales del siglo XIX... a través de las mujeres. Sí, sabe perfectamente que es a través de las mujeres como se llega más deprisa. Partirá corazones, repartirá desprecio, abusará de la confianza de sus amigos; su vanidad le ayudará a derrumbar todos los obstáculos. Y todo ello lo conseguirá gracias a un encuentro casual con un antiguo compañero del ejército, Charles Forestier, que le sacará de su miseria para convertirlo en el brillante periodista de La Vie Française. En Bel-Ami, Guy de Maupassant ha construido una novela de lectura rápida y amena que muestra uno de los lados más despreciables del ser humano. Es inquietante, por la actualidad del tema, e indigna, por el rumbo que van tomando algunos acontecimientos. Un libro recomendable para conocer los entresijos de una clase social adinerada; pero, sobre todo, para aprender que el camino de la ambición está plagado de desdicha.

6. Alessandro Manzoni: Historia de la columna infame (1840)

La novela más famosa del milanés Alessandro Manzoni (1785-1873) fue Los novios, una obra cumbre de la literatura italiana. En un pasaje de esta novela se describe el brote de peste que asoló Milán en 1630. Manzoni investigó ese cruel episodio y descubrió un hecho sorprendente que plasmó en un librito a parte titulado Historia de la columna infame. Resulta que se acusó, sin demasiado fundamento, a varias personas de ser ungidores, es decir, de untar las paredes de las calles con una sustancia tóxica para aumentar aún más la mortalidad. El juicio no fue justo y el derecho no se aplicó como tenía que aplicarse. Los acusados sufrieron todo tipo de torturas y, uno de ellos, tuvo que ver cómo quemaban su casa y construían, en su lugar, el símbolo de su vergüenza: una columna que recordaría, durante dos siglos, los hechos ocurridos. Algunos antepasados de Manzoni recuperaron este acontecimiento para criticar el sistema establecido, pero fue el escritor milanés el que le dedicó íntegramente un libro. Esta Historia de la columna infame es apasionante, pero bastante ardua de leer. Mezclada con la narración de los hechos se hallan nociones de derecho y referencias a antiguas leyes y sucesos que hacen difícil su lectura. No es una novela; es la exposición de un caso ocurrido realmente en el siglo XVII.

7. Arthur Conan DoyleLos recuerdos del Capitán Wilkie (entre 1883 y 1898)

A Arthur Conan Doyle se le conoce principalmente por ser el creador del detective-consultor más famoso del mundo: Sherlock Holmes. Pero este médico reconvertido en escritor también fue autor de otras novelas interesantes, como Sir Nigel, Las aventuras del Brigadier Gerard o El mundo perdido, y de un sinfín de relatos. Bajo el título Los recuerdos del Capitán Wilkie se agrupan once cuentos de diversa índole que nos muestran la habilidad de Conan Doyle para inventar historias diferentes: nos traslada desde los extravagantes recuerdos de un cochero en el Londres victoriano hasta el lejano oeste, donde la codicia separará a dos buenos amigos. Como toda antología, hay relatos más amenos que otros; pero, en general, están bien escritos, nos hacen pasar un buen rato y nos muestran la otra vertiente literaria de Conan Doyle, más desconocida, pero también interesante.

8. Charlotte BrontëJane Eyre (1847)

Jane Eyre es una de las mejores novelas de la literatura universal. Es de aquellas que dejan huella en el corazón de los lectores; no sólo en los de aquella época, sino también en los de la nuestra y, con toda seguridad, en las de las generaciones venideras. Fue un éxito cuando se publicó en 1847 porque superaba los convencionalismos del género. Sus ingredientes góticos fascinaban: alusiones frecuentes a la muerte y al más allá se mezclaban con escenas de posibles apariciones. Tampoco faltaban los cielos tormentosos, los cementerios y, sobre todo, la dramática suerte de la protagonista. Jane Eyre es un drama de grandes dimensiones, absorbente y fascinante. La prosa de Charlotte Brontë nos envuelve de melancolía, pero también de esperanza y fe en la superación. Acompañad a Jane en sus desventuras. Aprended de su forma de ser, de sus pensamientos, de sus reflexiones. Dejaos rodear también por su visión del amor. Leed este clásico imprescindible de la literatura inglesa. Os encantará.

9. George Sand: Lavinia (1833)

Amandine Aurore Lucile Dupin, el verdadero nombre de George Sand, fue una gran mujer de su tiempo. Se relacionó con Franz Liszt, Delacroix y Flaubert, además de ser amante de Alfred de Musset y de Chopin. Aunque su vida amorosa era muy conocida, fue también su faceta como escritora la que le reportó un éxito inmediato en los círculos literarios. Lavinia, un pequeño relato que escribió en 1833, y que nosotros podemos leer gracias a la edición de Periférica, fue una de las primeras novelas de George Sand. En ella, la autora despliega con maestría su conocimiento de las pasiones humanas: una joven de origen portugués se reúne con su primer amor, un aristócrata inglés que la abandonó años atrás. Este reencuentro aflorará sentimientos antiguos y creará una situación inesperada en el corazón de ambos. Como nos cuentan en la sinopsis, Sand ya conocía el lenguaje del amor, sabía todo lo que encierran las declaraciones, los juramentos, las cartas, los gestos, la impaciencia, los silencios. Una historia con ingredientes universales que gustará a los que busquen una novela corta con una narración delicada ambientada en el siglo XIX.

10. Heinrich von Kleist: Michael Kohlhaas (1810)

A Heinrich von Kleist se le conoce más por su trágico suicidio que por su obra literaria. Este gran escritor del Romanticismo alemán fue un incomprendido en su época; por eso, por su escaso éxito, decidió suicidarse junto a su compañera Henriette Vogel un 21 de noviembre de 1811 a orillas del lago Wannsee. Su muerte fue la culminación de su ideario. Pero por suerte, su obra se rescató a lo largo del siglo XX. Una obra romántica, de tono trágico y melancólico. En Michael Kohlhaas, una novela ambientada en el siglo XVI, apreciamos todas estas características del período romántico, además de la lucha por el honor perdido. Michael Kohlhaas es un comerciante de caballos que, al encontrarse con una barrera que antes no existía en las cercanías de un castillo, pide permiso a su señor para franquearla. Éste, sin embargo, no le pondrá las cosas fáciles. A partir de este encuentro la vida de Kohlhaas se convierte en una vorágine infernal que acaba en tragedia. ¿Qué podíamos esperar de Heinrich von Kleist? Michael Kohlhaas es una obra dramática donde el honor y el deshonor, la justicia y la injusticia, son el tema principal. Si aún no os habéis iniciado en la magnífica prosa de Kleist, Kohlhaas es una buena opción.

11. Elizabeth Gaskell: La prima Phillis (1864) 

Una de las novelistas inglesas más famosas de la época victoriana fue Elizabeth Gaskell (1810-1865). Aunque ahora sus obras más conocidas son Norte y Sur y Cranford, escribió otras en las que también retrató la sociedad de su tiempo, como Mary Barton, Esposas e Hijas o La prima Phillis, una novela de apenas 176 páginas que retrata la vida idílica del campo. Este pequeño relato es encantador; un tesoro para los amantes de los clásicos literarios. Elizabeth Gaskell nos ofrece una prosa pausada, envuelta de calidez y bondad. Todo empieza cuando Paul Manning llega a la pequeña población de Eltham como ayudante del ingeniero del ferrocarril -un elemento que aparece constantemente en las novelas victorianas y que aquí tiene una gran importancia, principalmente por la modificación que supone en el paisaje y en las vidas de la gente de Inglaterra-. Allí conoce a unos familiares que viven en el campo, un lugar regido por la tranquilidad de las labores agrícolas. Será por su prima Phillis, una muchacha cultivada y sensible, por quien sentirá más fascinación. Este idilio campestre, sin embargo, se verá alterado por la introducción de otro personaje que provocará una situación dolorosa en el terreno del amor. Aunque la historia narrada por Gaskell propone temas universales -es una historia de amor, de iniciación y de paso a la madurez-, es su escritura la que hace de esta novela un libro especial: es sensible, sencilla, descriptiva e inteligente, reveladora del alma humana. Creo que La prima Phillis es una pequeña novelita a descubrir, que se lee en un suspiro. Aunque muchos le podrían criticar su extrema sencillez en la historia expuesta, a mí es precisamente la manera de narrar su sencillez la que me resulta agradable. ¡Os recomiendo su lectura! Espero que os guste si no la habéis leído.

12. Margaret Oliphant: La puerta abierta (1882)

El último libro de mi reto de clásicos es un relato de fantasmas. Nada menos que de Margaret Oliphant (1828-1897), una gran escritora de historias de fantasmas victorianos, admirada incluso por M.R. James.  En La puerta abierta, Margaret nos rodea de un ambiente melancólico en el que predomina la voz de un espectro escondido en las ruinas (un elemento de tradición gótica) de una antigua casa. Sería difícil describir el argumento sin desvelar alguna cosa importante de la trama. Como buen relato de terror decimonónico, pero ya con toques modernos, encontraremos lo sobrenatural que afecta a todos los personajes, el estremecimiento de lo desconocido y la ambientación romántica y nocturna. Una historia digna de ser leída y descubierta por su bonita prosa y su acertada descripción de los acontecimientos. Sobrecogedora y sentimental.




El segundo reto también es interesante y fácil de cumplir. Lo he visto en Gecko Books y se trata de sumergirse en la literatura rusa. Hay tres tipos de modalidades: la fácil, leer hasta tres libros; la moderada, leer hasta seis libros; y la difícil, leer más de seis libros. La literatura rusa es un gran tema que tengo pendiente. ¡Al menos ahora, con este desafío, podré obligarme a darle una oportunidad! Es asequible y seguro que nos brindará muchas horas de diversión. Yo, sin duda, empezaré por los grandes clásicos. ¡Animaros también a participar!


¡Qué lástima! ¡Sin cumplir!

Pissarro: humilde y colosal. Retrospectiva

 
Pissarro
Del 16 de octubre de 2013 al 26 de enero de 2014
CaixaForum (Barcelona)

La primera exposición antológica en Barcelona de Camille Pissarro (1830-1903). Sus escenas rurales, que fueron escuela para tan célebres nombres como Gauguin, Cézanne o Van Gogh, son el eje de esta muestra, que se propone restaurar la reputación de Pissarro no solo como el primer impresionista sino también como maestro de los pioneros del arte moderno.

Pissarro. Figura central del grupo impresionista. Paternal, delicado, emotivo, precioso. Uno de mis pintores favoritos. Emociona su paleta colorida, brillante, de trazos simples y vigorosos, llenos de fuerza y sensibilidad. Pissarro transmite un sentimiento de paz interior; de sosiego, de sencillez y recogimiento. Cuando contemplamos sus obras, nos invade también la nostalgia, y una cierta melancolía por la tranquilidad que inunda sus paisajes. Me imagino algunos de ellos como el paraíso perdido. ¿Pero sabéis qué es lo que también hace de Pissarro un pintor fenomenal? Elevó a la categoría de arte la vida cotidiana de los pueblos rurales cercanos a París. La convirtió en el tema central de sus pinturas. Y no sólo eso: consiguió que nos emocionaran. Un tema tan banal para la mayoría, hasta entonces poco tratado en la historia del arte, que escandalizó a las clases altas de la sociedad. Por suerte, no provocó el rechazo de todos los parisinos. A ellos debemos darles las gracias por haber conservado semejantes tesoros. Unas obras maestras que nos deleitan la vista y nos acompañan en nuestro camino. El camino de la vida. Para Pissarro, el camino era muy importante. Lo utilizaba, en la mayoría de los casos, para dar profundidad y dinamismo al paisaje e invitar al espectador a seguirlo: caminos sinuosos, horizontales o paralelos al lienzo, con desvíos. Como dice Guillermo Solana -comisario de la exposición-, algunos caminos se organizaban como una narración; algunos otros brotaban en libertad. Sus escenas, ya sean rurales o urbanas, siempre transcurren en el camino, o cerca de él.

Pissarro fue el redactor de la carta fundacional del Impresionismo y el único que participó en sus ocho exposiciones colectivas. Su figura, sin embargo, quedó eclipsada por otros pintores que obtuvieron un mayor reconocimiento, como Claude Monet o Pierre-Auguste Renoir. Ahora, por primera vez en España, se ha organizado una exposición monográfica sobre Camille Pissarro (1830-1903). Hasta el 15 de septiembre, estuvo en el museo Thyssen de Madrid. Y ahora se presenta en el CaixaForum de Barcelona hasta el 26 de enero de 2014. Os aconsejo visitarla. A través de sesenta pinturas, podréis disfrutar y conocer la vida y la obra de un pintor memorable, que influyó a artistas de la talla de Cézanne y Gauguin. En su formación pictórica, Pissarro tuvo en cuenta a la Escuela de Barbizon, un movimiento pictórico surgido cerca del bosque de Fontainebleau e integrado por Corot, Daubigny, Rousseau o Courbet, entre otros. Cuando estalló la guerra franco-prusiana en 1870, viajó a Londres, donde se reunió con Monet y aprendió de la escuela paisajística inglesa, principalmente de Turner y Constable. A partir de 1884, conoció a Signac y Seurat, pioneros de la técnica puntillista o neoimpresionista. Pissarro intentó incorporar esta nueva técnica en sus pinturas, pero poco tiempo después volvió a su método inicial. Todas estas influencias marcaron la pintura de Pissarro y pueden verse perfectamente en la exposición. Se unen vida y paisaje. Y lo más importante: modernidad y clasicismo. Sus escenas rurales nos remiten a un mundo tradicional; sus escenas urbanas nos muestran, con todo su esplendor, el progreso industrial.

Para comprender un poco más la figura de Pissarro, os he traído una pequeña muestra de la exposición de manera estructurada, tal y como la veréis si vais a visitarla. Los textos los he extraido de los folletos informativos y los he acompañado con algunas de las pinturas que más me gustan. Si la habéis visto, ¿qué os ha parecido? Estoy segura de que no os habrá dejado indiferentes. Se sale de allí renovado e inspirado. Con la sensación de haber vivido un momento mágico y fascinante.

La paleta del artista con paisaje (1878) 
[Sterling and Francine Clark Institute]

Humilde y colosal, como le llamó su amigo Cézanne, Camille Pissarro (1830-1903) es quizá la figura fundamental del impresionismo y al mismo tiempo la menos reconocida de ese movimiento. Como mentor del grupo, en 1873 redactó los estatutos de la cooperativa de artistas que iniciaría las exposiciones impresionistas, y fue el único pintor que participó en todas ellas, desde 1874 hasta 1886. Pero la carrera de Pissarro sería eclipsada por el inmenso éxito de su amigo Monet. Esta primera retrospectiva del artista en España está centrada en el paisaje, tanto rural como urbano, el género abrumadoramente dominante en la producción de Pissarro. La muestra, que presenta 79 óleos, se articula cronológicamente en función de los lugares donde residió y que inspiraron su pintura, como Louveciennes, Pontoise y Éragny. Las dos últimas salas de la exposición están dedicadas a los paisajes urbanos que pintó en la década final de su vida: sus numerosas vistas de París y Londres, Ruán, Dieppe y El Havre.

ANTES DEL IMPRESIONISMO

En 1857, Pissarro conoce a Corot, que imparte clases informales a un pequeño grupo de alumnos a quienes recomienda salir a pintar al aire libre. Hacia la misma época se inscribe en la Académie Suisse, donde conocerá a Monet y Cézanne. En esta primera sala se muestran algunos ejemplos tempranos de su pintura al natural en lugares próximos a París, como Orillas del Marne (1864), una obra emparentada con la Escuela de Barbizon en la que se refleja la influencia de Corot, Courbet y Daubigny.

Orillas del Marne (1864) 
[Glasgow Museums]

LOUVECIENNES - LONDRES - LOUVECIENNES 
1869-1872

En la primavera de 1869, Pissarro se instala en Louveciennes, donde trabajará con Monet y junto al que forjará el nuevo estilo impresionista. Un año más tarde, al estallar la guerra franco-prusiana, Camille huye de su casa y acaba refugiándose en Londres al igual que otros artistas. En la capital británica, Daubigny le presenta a su futuro marchante Paul Durand-Ruel, y frecuenta a Monet, con quien visita museos donde contempla obras de Turner y Constable. Es un momento decisivo cuya impronta queda patente en lienzos como Dulwich College (1871).

Camino de Versalles, Louveciennes, sol de invierno y nieve (1870) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

El bosque de Marly (1871) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

Dulwich College (1871) 
[Colección privada]

RETORNO A PONTOISE 
1872-1882

Una vez de vuelta en Francia, el pintor y su numerosa familia residirán en Pontoise durante una larga temporada, caracterizada por constantes dificultades económicas (la venta de sus obras es muy limitada y el artista depende todavía de su madre). Este pueblo cercano a París, en las riberas del río Oise, ofrece a Pissarro un escenario donde se mezclan rasgos puramente rurales con un incipiente desarrollo industrial. Ambos componentes se reflejan en su obra de este periodo.

Entre 1872 y 1874, Pissarro trabaja junto a Cézanne en el área de Pontoise. La influencia entre ambos pintores es recíproca, ya que los dos buscan un nuevo concepto de espacio en sus composiciones yuxtaponiendo bloques de pintura que aislados son casi abstractos, pero que cuando se ven en relación uno con otro poseen formas reconocibles. Un ejemplo de ello es El camino en cuesta de la Côte-du-Jalet (1875).

Campo de coles, Pontoise (1873) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

El camino de Énnery (1874) 
[Musée d'Orsay]

El camino en cuesta de la Côte-du-Jalet, Pontoise (1875) 
[Brooklyn Museum of Arts]

LOS CAMPOS DE ÉRAGNY 
1884-1903

A partir de 1884, la localidad rural de Éragny-sur-Epte, a dos horas de París, será el último lugar de residencia permanente de Pissarro. Allí su pintura se concentrará en los huertos y prados adyacentes a su casa, con los árboles frutales como principales protagonistas. En 1885, los jóvenes pintores Seurat y Signac, simpatizantes del movimiento anarquista como Pissarro, crean un nuevo método para prolongar la investigación impresionista. Su deseo de renovación le conducirá a experimentar con el neoimpresionismo o puntillismo, que no obstante terminará abandonando hacia 1890.

El huerto en Éragny (1896) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

Prados de Éragny, el manzano (1894) 
[Museo Thyssen-Bornemisza]

EN LAS CIUDADES

Durante los años de Éragny, como para compensar su creciente aislamiento campestre, el artista se concentrará cada vez más en el paisaje urbano. Las dos últimas salas de la exposición recogen las vistas de París, Londres, Ruán, Dieppe y El Havre que realizó en la última década de su vida, coincidiendo con el momento en que por fin empieza a disfrutar el éxito comercial. A partir de 1891, a causa de una enfermedad ocular, Pissarro no puede trabajar mucho tiempo fuera de casa y se ve obligado a pintar desde la ventana de su estudio o de las habitaciones de hoteles, realizando fascinantes series de París a vista de pájaro: la Avenue de l'Opéra, el Boulevard Montmartre, el Louvre y el Jardín de las Tullerías, entre otras. Junto a este nuevo interés por la capital, Pissarro dedicará su obra más tardía a las ciudades portuarias de Normandía. Durante sus cuatro estancias en Ruán plasma numerosas vistas de los puentes. Atraído por la efervescencia y actividad de los puertos, con más de setenta años viajará puntualmente a Dieppe y El Havre para pintar escenas de la modernidad.

Boulevard de Montmartre, mañana de invierno (1897) 
[Metropolitan Museum of Arts]

El puente de Charing Cross, Londres (1890) 
[National Gallery, Praga]

Literatura medieval: novedades (2)


A lo largo del año salen a la venta un montón de novedades de temática medieval. Sobre todo dentro del ámbito universitario. Sin embargo, en esta sección, pensé en traeros las más comerciales, o las más fáciles de conseguir porque su tirada es más extensa. En esta ocasión, he seleccionado los últimos títulos que me han parecido más interesantes. De todos ellos, os voy a recomendar encarecidamente tres de ellos: el primero es la nueva edición, publicada por la editorial Alianza, de Sir Gawain y el Caballero Verde, un texto anónimo del siglo XIV, fundamental en las letras inglesas. Para ilustrar un poco más lo que os podéis encontrar en este libro, os dejo un pequeño comentario que realicé para La Espada en la Tinta:

El manuscrito Cotton Nero contiene uno de los relatos más asombrosos del ciclo artúrico. Compuesto en inglés medio por un autor anónimo del siglo XIV, este poema narrativo presenta un intenso sentido de la maravilla mezclado con un profundo simbolismo arraigado en las tradiciones celta y cristiana. A Tolkien le fascinó, e incluso le dedicó una traducción al inglés moderno. Aquí, los lectores participamos de un reto y de una aventura: un día, un caballero descomunal, montado a caballo y provisto de un hacha de proporciones gigantescas, se presenta ante la corte del rey Arturo. Desafiante, reta a cualquiera que le aseste un golpe con su hacha a cambio de que él pueda hacer lo mismo al cabo de un año. Sir Gawain, valeroso, se ofrece. Empuña el arma y con todas sus fuerzas le corta la cabeza. ¡Pero, oh, sorpresa! Tranquilamente, recoge su cabeza cortada y se marcha, recordándole a Gawain su parte del trato. ¿Conseguirá sobrevivir al golpe del caballero verde? Este episodio artúrico, ligero, corto y cautivador, exalta lo caballeresco y lo sobrenatural. Es una delicia que gustará tanto a los amantes del género fantástico como a los que quieran adentrarse por primera vez en la literatura medieval.

El segundo que os quiero recomendar es el de Ciudades medievales europeas, de Emilio Mitre, un reconocido historiador medievalista, catedrático en la Universidad Complutense de Madrid desde 1986. Su principal línea de trabajo se centra en la historia de las mentalidades, de la cultura y de la religiosidad a lo largo del Medievo. Este libro, que ya ha pasado a engrosar mis estanterías, analiza la ciudad medieval en Europa: su nacimiento y su desarrollo. Plantea qué tipos de ciudades había, qué factores intervenían en ellas -políticos, religiosos, económicos-, qué supuso el resurgimiento de la ciudad tras las invasiones germánicas, qué clases sociales las habitaban... Según se recoge en la contraportada: las ciudades medievales, constituidas muchas veces por elementos heterogéneos, reproducen lo que son las contradicciones y conflictos generales de la sociedad del momento. Lo real y lo ideal se enfrentan y se complementan.

El tercero que debéis tener presente lo ha publicado Ático de los Libros en su nueva colección de historia. Es El Renacimiento del siglo XII, de Charles Homer Haskins, un libro que permanecía inédito en castellano hasta ahora. El autor, que ya falleció en 1937, fue profesor de historia en la Universidad de Harvard y se considera uno de los mejores de su generación. Tal y como nos dice la editorial, demostró que el Renacimiento no fue un fenómeno que surgiera de repente, sino que se inicia en el siglo XII y que se basa en muchas otras oleadas culturales. Fue el primero en lanzar la idea de una Edad Media creativa y vibrante, adelantándose treinta años a Erwin Panofsky. Un texto ameno y tan lleno de vida como la época que describe, que disfrutarán tanto el estudioso como el lector no especializado.

Hasta aquí mis recomendaciones. Veréis que también he incluido una novedad ambientada en la Edad Media: Ivanhoe, de Walter Scott. No siempre pondré manuales ni libros específicos de historia medieval. También reservo un hueco para las novelas que transcurren en esta época. Aquí podéis consultar la primera tanda de novedades que publiqué a finales del pasado mes de marzo. Recordad que para conocer más información de todos estos libros, tenéis que pulsar en su título o encima de su portada.

  • Sir Gawain y el Caballero Verde, Anónimo: Texto que fascinó a J. R. R. Tolkien hasta el punto de encargarse de la edición de su manuscrito, «Sir Gawain y el Caballero Verde» es sin duda el mejor texto artúrico inglés. El primer día del año se presenta en la corte de Camelot un gigantesco y portentoso caballero, cuya piel, pelo, barba y vestimenta son tan verdes como su admirable corcel y sus arreos, y que hace una extraña propuesta que nos sumerge de lleno en lo maravilloso, dando así inicio a la aventura tras la cual el protagonista saldrá purificado.
  • Historia del pensamiento político en la Edad Media, de Walter Ullmann: Entre los siglos V y XII, cuando aún había vastos territorios deshabitados en Europa, se desarrolló una sociedad que tuvo que aprender los rudimentos de la administración de la vida pública. En ese período se formaron, y plasmaron, numerosos conceptos políticos básicos que continúan vigentes en nuestro tiempo. En este libro, Ullmann traza los orígenes de las ideas políticas de Occidente, ideas tan fundamentales como la soberanía, el parlamento, la ciudadanía, el imperio de la ley y el Estado.


  • Grandes relatos medievales, Varios autores: Durante la Edad Media, por la noche, cuando se ponía el sol, la gente se sentaba en un escaño junto al hogar y contaba historias, muchas historias; fue la época dorada de los cuentos. Posteriormente, éstos se fueron recopilando en colecciones como «Calila e Dimna», «El Sendebar» o «Libro de los exemplos del conde Lucanor». Eran historias en verso, a las que denominamos cantares de gesta. Parece evidente que nuestros antepasados se entregaban a la ficción de forma verdaderamente intensa, soñaban más. En todo caso, la lectura de estos relatos nos hará soñar como a nuestros viejísimos abuelos.
  • El renacimiento del siglo XII, Charles Homer Haskins: Lejos de presentar una Edad Media oscura y decadente, asistimos junto a Haskins al nacimiento de las universidades, a la recuperación del derecho y la literatura romanas, al nacimiento de los primeros estados y con ellos al uso literario de las lenguas vernáculas, a la eclosión del románico en todo su esplendor y a los inicios del gótico, al nacimiento de las primeras ciudades modernas... Un texto tan lleno de vida como la época que describe, que disfrutarán tanto el estudioso como el lector no especializado.


  • Ciudades medievales europeas, Emilio Mitre: En el proceso de urbanización europeo, la ciudad medieval se sitúa entre dos momentos: el de la ciudad antigua grecorromana, en decadencia bajo las migraciones germánicas; y el de la ciudad moderna a la que relacionamos con la revolución industrial. Las ciudades medievales, constituidas muchas veces por elementos heterogéneos, reproducen lo que son las contradicciones y conflictos generales de la sociedad del momento. Lo real y lo ideal se enfrentan y se complementan.
  • Ivanhoe, Walter Scott: Narra la enconada lucha de un hombre para restablecer su buen nombre y de paso el de la corona. La acción transcurre en una época convulsa, en tiempos de cruzadas, de encarnizadas luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas.